Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Literatura


Joana D’Alessio, Pequeño tratado sobre la amistad, Tránsito, Madrid, 2025, 84 pp.


Hay algo que aparece al caminar por lugares familiares, al dar un paseo por una ciudad en la que reconocemos las calles y sabemos las rutas de memoria: el cuerpo hace un movimiento casi imperceptible; nos ubicamos en el espacio de una manera tan natural, sin temor a perdernos o tomar la ruta equivocada, que es posible centrar la atención en otra cosa. A veces, se nos revelan detalles mínimos, inadvertidos, de la ciudad que tenemos delante. En ocasiones, parecieran conformar un presente detenido, un ejercicio de la memoria que nos devuelve a un tiempo anterior, a una serie de imágenes involuntarias que se activan cuando volvemos a pasar frente a las mismas fachadas. Pero, en otros casos, el acto de caminar es todo lo contrario: una especie de arrebato, un desplazamiento ágil, un ritmo imparable donde la mente encuentra también una nueva forma de moverse y las calles se vuelven un espacio capaz de contener cualquier pensamiento, incluso los que más nos angustian.

La idea del paseante como lector de la ciudad forma un continuo, una línea que va desde la resistencia a la disolución identitaria de los flâneurs baudelerianos y la pulsión de anonimato de las flâneuses de Woolf hasta los caminantes urbanos de nuestra época. En Pequeño tratado sobre la amistad, Joana D’Alessio dialoga con algunas obras contemporáneas que abordan el sentido del caminar, entre ellas, La mujer singular y la ciudad de Vivian Gornick, que explora la intimidad de los vínculos a través de las conversaciones con su mejor amigo y de sus paseos por Nueva York, o Elogio del caminar de Shane O’Mara, un ensayo que analiza, desde la neurofisiología, cómo caminamos, y los efectos de ese movimiento en nuestra vitalidad. A propósito de estas lecturas, la autora cuenta cómo se armó una rutina donde no solo fuera posible, sino necesario, ir a pie a todas partes: “Tengo devoción por esta ciudad plana y cuadriculada, tan amable para recorrerla, y estoy tranquila al ras del piso, a cero metros sobre el nivel del mar. Los departamentos y sobre todo los pisos altos me dan claustrofobia; si paso un tiempo largo en uno me asalta algo extraño, opresivo, me siento lejos de la vida, sin pulso. Habitar una casa tiene el encanto del gesto fluido: abrir la puerta y salir caminando”.

Joana D’Alessio retoma a la paseante desde una mirada que habita un tiempo extraño e incierto: el otoño de 2021 en Buenos Aires, una época que se instala a lo largo de los cinco textos, mezcla de ensayos y crónicas personales, como una atmósfera silenciosa, apenas nombrada. Ese telón de fondo es uno de los grandes aciertos del libro: irradia una forma de incertidumbre y un dolor aún incomprensible para quienes rodean a la narradora y, a la vez, para ella misma. Entramos en la lectura con el recuerdo de una temporada de encierro, con síntomas que se alojan en el cuerpo como una sospecha, como una nueva forma de angustia, y con la prolongación de un aislamiento cuyos residuos, en realidad, siguen vigentes en estos días. Nos sentimos muy cerca de esa experiencia: la de saber que hay un mundo allá afuera y, sin embargo, encontrarnos tantas veces, como la narradora, incapaces de cruzar el umbral de la puerta.

Caminar, poner el cuerpo en movimiento, adoptar un ritmo específico y continuado se vuelve algo imposible de hacer a solas. Quizás, pienso a partir de lo que construye la autora mientras transita por sus zonas habituales de Buenos Aires, lo que se abre al recorrer un camino conocido no es solo la posibilidad de que nuestra atención se vuelque hacia los detalles del espacio, sino también hacia la persona que tenemos al lado. Son recorridos que no están pensados para llegar a ninguna parte, sino apenas para deambular en un lugar delimitado donde registramos con mayor claridad la presencia del otro y, casi sin darnos cuenta, nos sincronizamos con sus pasos.

A lo largo de los tramos que componen el libro, hay algo que se sostiene: la narradora camina siempre en compañía de una amiga. A veces, se mueven juntas por la ciudad; otras, somos testigos de lo que ella mira cuando, del otro lado del teléfono, le llega una voz que reconoce de inmediato. Pareciera que, por ratos, las calles se difuminan y lo que vemos es a dos mujeres repitiendo un camino juntas, una al lado de la otra, a través de los ojos de la narradora. El ruido de fondo es casi inexistente: una representación exacta y atemporal de lo que sucede cuando ponemos toda nuestra atención en alguien más. Mirarse, parece decirnos D’Alessio, puede ser eso: desenfocar todo lo que está alrededor para que aparezca un espacio nítido en cada encuentro, hacerse preguntas, recibir lo que se revela detrás de ellas, captar el ánimo de la otra a partir de un cambio leve en la voz, decir o escuchar esa última frase al lado de la puerta y dejar que se quede con nosotras muchas horas después de la despedida.

En sus recorridos por Buenos Aires, la narradora nos lleva con delicadeza hacia el centro de cada una de sus amistades. Como lectores entramos en esas caminatas, nos movemos con ellas dentro de una intimidad que se construye en cada tramo. Acompañamos a esas amigas que crean un lenguaje común y específico para nombrar lo que les incomoda y que, de la misma manera, comprenden que hay momentos que solo piden silencio. Tal vez la potencia de estas historias radica en esos gestos, en la suspensión del tiempo, que nos permite instalarnos ahí, en ese espacio de a dos, intentando conservarlo, con la conciencia de que ese instante también se desvanecerá.

A primera vista, podríamos imaginar que cada capítulo reproducirá solo un momento específico en el tiempo: el retrato de una caminata y el diálogo entre dos amigas, pero Joana D’Alessio va más allá, pues consigue captar el eco de cada conversación. Quizá ese sea uno de los aspectos más hondos del libro, esa manera de narrar que amplía el texto y nos deja con la sensación de que algo se extiende después de haberlo transitado: las elipsis, las retrospectivas de distintas caminatas que son, en realidad, la reconstrucción de todo aquello que está debajo del vínculo, que lo rodea fuera de las palabras; esos momentos previos a reunirse en los que todavía cuesta salir de la casa, las evocaciones sobre la infancia, una frase leída en la voz de una de ellas que aún queda sonando, el recorte de algún poema. Todo aquello que se nos queda impreso después de un encuentro, cuando estamos otra vez a solas.

El vacío compartido, el dolor que sobreviene al deterioro y la enfermedad de los padres, y la angustia por los rezagos futuros de una época plagada de extrañeza y aislamiento avanzan de forma delicada a lo largo de los relatos, iluminados por la sensación de que las amigas son capaces de comprender eso que nadie más ve. Asistimos a esas conversaciones: a lo que se dicen, pero también a lo que se callan; a la manera de buscarse la una a la otra, a la intuición silenciosa de seguir el recorrido porque esa conversación aún sigue, a la capacidad de encontrar la belleza en sus ambivalencias. La atención de la narradora se concentra en las expresiones sutiles de sus interlocutoras, en detalles de los que quizás ellas mismas no son conscientes, porque solo pueden ser capturados desde la mirada de alguien más: “La primera vez que vi a Gime fue en la casa de Virginia. Ella estaba a mi izquierda, en la otra punta de la mesa, yo veía su perfil recortado. Lo que recuerdo de ese día es algo que jamás dejó de llamarme la atención: ella hablaba y sonreía sincrónicamente. Con el tiempo descubrí que siempre que está hablando está sonriendo, es como si para ella hablar implicara también sonreír, pero ni siquiera lo sabe. Si le contara esto se reiría y diría algo elocuente. […] La segunda cosa que me acuerdo de ella es una línea de un texto que escribió, ‘todos los días me desentierro’. Su sonrisa y su mirada oscura pero iluminada de la vida la distinguen de todo el resto de personas”.

¿Cuánto dura una conversación entre dos amigas? ¿Cómo es que el tiempo se expande cuando están juntas y esa sensación queda después, como un rezago, suspendida entre ellas? ¿Qué hay de específico en esa forma de intimidad que es la amistad, que se sostiene de maneras tan impredecibles y, a la vez, tan certeras? Todas estas preguntas recorren las distintas historias de Pequeño tratado sobre la amistad con la misma delicadeza de la voz narrativa.

En uno de los textos, una de las amigas de la narradora, ya en la cuarta vuelta de la caminata, le dice que llevó algo para ese momento, que ha encontrado un texto que le hizo pensar en ella. Se sientan en el pasto y su amiga saca de la mochila un libro de poemas de Emily Dickinson: “Bastará solo con el ensueño”, lee en voz alta, en el último verso. / “Es bilingüe”, dice. “Escuchá cómo suena en inglés: The reverie alone will do”. Hay algo en la suficiencia del ensueño, en esa forma de interioridad, que adquiere una nueva dimensión a partir de esa escena. En Elogio del caminar, Shane O’Mara explica que, al poner el cuerpo en movimiento, es posible recrear lo que sucede durante el sueño: perdemos el sentido del tiempo, asociamos libremente las ideas y los recuerdos, entramos en una experiencia viva de ensoñación. Tras leer el poema, las amigas hablan del encierro y del aislamiento de Emily Dickinson, del herbario que creó recolectando más de cuatrocientas especies de plantas como una colección de miniaturas. Y me parece, releyendo ese tramo, que hay una suerte de fuga, un refugio compartido entre dos amigas, una manera luminosa de sustraerse de la realidad y entrar en un espacio íntimo donde la soledad se hace, por un instante, menos difícil de soportar.

La autora retrata, con la precisión de un herbario, la silueta exacta de sus amistades, como si con cada una de ellas pudiera documentar y preservar algo del modo en que dos personas construyen un vínculo: “Para mí fue como tener un ramo de flores toda una temporada y cada vez que salía al patio y lo miraba me acordaba de que estaba acompañada, que la vida es, con suerte, larga y complicada, pero de una forma u otra en general tengo la suerte de tener buena compañía, y que la amistad es tal vez una de las formas más indescifrables y elevadas del amor”. Aparecen, a lo largo de estos textos, ilustraciones cuidadas y minuciosas que delinean la anatomía de cada una de las especies que dan título a los capítulos. No es un detalle menor: todos los tramos del libro llevan el nombre de una de sus amigas y, justo al lado, el de una planta. La narradora confiesa que su atención por estas especies es algo reciente en su vida y cuenta cómo, al empezar a indagar más sobre el tema, encontró esta frase en un libro de plantas nativas que, en este tratado sobre la amistad femenina, parece expandirse hacia todo lo vivo: “Es importante conocerlas porque no podemos cuidar lo que ignoramos”.

Pequeño tratado sobre la amistad puede leerse como si cada una de esas conversaciones formara parte de una más amplia. Así lo plantea la narradora cuando habla de las charlas con sus amigas en distintos lugares del mundo: “El fondo cambia, hay elipsis, la conversación es una música que une todo”. Y es esa misma música la que nos invita a volver a este libro muchas veces, como lo haríamos con un disco, escuchando alguno de sus temas o, quizás, dejando sonar el álbum completo. Ahora mismo, por ejemplo, lo traje conmigo de vuelta a mi país, a la única ciudad donde no necesito usar el mapa, y noto que lo llevo a todos lados, como si quisiera poder reproducirlo en cualquier momento.

Tal vez tenga que ver con que este libro de Joana D’Alessio es, a su vez, una miniatura que pertenece a una colección bellísima, un objeto delicado cuyas frases nos mueven a pensar en la amistad como una serie de caminatas y conversaciones que componen los fragmentos de una vida. Piezas que se reúnen en un mismo encuentro donde hay silencios, pausas largas, frases exactas, abrazos que eludimos, formas de hacernos compañía a pesar de una distancia que parece definitiva, maneras insospechadas de sostener el paso del tiempo. Hay quiebres, pero algo permanece. Y, en esa gran conversación entre dos amigas, nunca podemos definir con certeza si asistimos a la continuación de un diálogo anterior o si nos encontramos, en realidad, dentro de una espiral: una superposición de palabras y gestos que regresan sobre un mismo tramo y, al hacerlo, nos ofrecen otros detalles, nos revelan matices que no pudimos captar en la vuelta anterior. Como un pensamiento en bucle o una canción que escuchamos una y otra vez pensando en alguien más, quizá para intentar aliviar algo dentro de nosotras y, al mismo tiempo, sentirnos un poco más cerca de la vida.

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