Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Cine


Mayra Hermosillo, Vainilla, México, 2025.


A menudo en el ámbito cinematográfico, ese terreno en el que voces, movimientos y sensorialidades de varias naturalezas se entretejen y se despliegan, ocurre que una obra raras veces muestre un proceso incólume respecto a la existencia. Más aún cuando el espectador se ve directamente implicado, como quien habita y experimenta escenas e inquietudes, con las caricias y los rasguños que de la pantalla misma emergen. Así pasa, así me pasó, con Vainilla, ópera prima de la actriz y ahora cineasta coahuilense Mayra Hermosillo (1987). Lo que aquí sigue, más que un texto crítico en sentido estricto, propone una complicidad íntima: una forma de cartografiar genealogías, el tránsito de lo personal a lo común, el paso del “yo” al “nosotros” mediante la memoria.

“Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”, reza el famosísimo íncipit de la famosísima obra de Tolstói. Pero qué sucede cuando existen familias que, en un peculiar proceder, buscan la felicidad con todo y que esta se vea atenazada por las garras de la privación, la incertidumbre, la inconsistencia y la zozobra. Qué sucede cuando en una familia compuesta solamente por mujeres de diferentes generaciones, con sus matices y veleidades, parecen diferir en más de lo que podrían converger y, aun así, logran salvar un hogar (aunque no siempre una casa).

Esta interrogante constituye el hilo conductor del largometraje de Hermosillo en el que, a lo largo de 98 minutos de conflictos y apegos, atestiguamos las vidas de mujeres como Roberta (Aurora Dávila): una niña en la antesala de la adolescencia que –rodeada de una prima apenas mayor (Fernanda Baca), su madre (María Castellá), una abuela (Paloma Petra), una bisabuela (Rosy Rojas), una tía (Natalia Plascencia) y una empleada doméstica (Lola Ochoa)– parece rehuir de ese entorno bullicioso buscando, como es típico de hartas familias mexicanas, la figura del progenitor ausente. Ausente del encuadre, pero ubicuo en la vida de Roberta: en sus anhelos filmados con una cámara como proyecto escolar para el Día del Padre; en la llamada telefónica donde le suplica que se la lleve a vivir con él; o en ese momento entrañable en el que es incapaz de nombrarlo para inscribirse en un concurso televisivo cuyo premio es un viaje juntos. Aquí emerge una de las paradojas del filme: se construye como una historia de mujeres omnipresentes atravesadas por hombres que no están e invita a preguntarse si la ausencia equivale realmente a la distancia. Hombres que se marchan, que se aprovechan de mujeres en estado etílico, que luego intentan reconciliarse con flores tras haber humillado a sus esposas a gritos en plena calle. Pero también se dejan entrever otras modulaciones de lo masculino: destacan un generoso abarrotero que se mueve en el enternecedor umbral entre la galantería a la abuela y el afecto hacia Roberta; o el novio de su madre (Diego Medellín) quien, a pesar de chocar con la muralla emocional del clan, acaba encontrando grietas por donde filtrarse ganándose así la confianza de las mujeres al establecer una ocurrente comunicación con ellas.

Vainilla es, además, una correspondencia gráfica y cultural en donde la intimidad deviene extimidad: concepto que, tal y como lo revisita Serge Tisseron, se sitúa a caballo entre la intimidad y su exposición, el impulso de hacer visibles ciertos aspectos de uno mismo resguardados en la esfera personal. Una privacidad compartida, una connivencia íntima. No es pues anodino que, en la historia, en el tráiler y en el afiche, aparezcan con insistencia grabadoras y micrófonos que registran las nimiedades de lo cotidiano, cámaras analógicas que retratan la ropa interior o a la gente durmiendo, varios espacios cerrados de la casa y puertas que apenas se abren, santos-vírgenes-cristos que con sus ojos inquisidores parecen juzgar cualquier acto pecaminoso o imprudente. Estamos en los albores de los años noventa, sin la ubicuidad del internet, sin la exhibición de las redes sociales. Estamos en habitaciones en las que comparten la misma cama la hija, la prima y la tía; baños en los que abuela y nieta se duchan juntas o en las que esta última le toma fotos a la empleada doméstica, también desnuda; cocinas en las que una escucha atenta la radio en espera y con la esperanza de ver transmitidos los saludos a su familia del pueblo, otra le revisa “ahí abajo”al loro para ver si es “niña o niño”, otra saca un frasco de cajeta para comérsela con las ahí presentes a escondidas de la propietaria de esa proscrita ambrosía.

No hay cabida para la intimidad, pero sí para los secretos y lo indecible. Justamente en eso reside el gran acierto de Hermosillo: son escenas personales de una autoficción cinematográfica que atañe a tantas generaciones, a tantos cuerpos. ¿Quién no quiso leer esa carta que no le incumbía, quién no se escondió del pariente metiche o desempeñó el divertidísimo papel de portador del chisme más jugoso del hermano o de la prima, quién no escribió en su diario sobre amoríos o escozores con el miedo de que alguien los pusiera al descubierto en el momento menos indicado? También, ¿quién no guardó silencio ante una injusticia familiar o se contuvo las palabras frente al infante para protegerle de esa perversión que solo la adultez confiere?

Durante la presentación de Vainilla, a la que asistí recientemente en el marco de un festival de cine latino en Francia –uno de los festivales de cinematografía latinoamericana más relevantes del país–, pude escuchar de viva voz a Mayra Hermosillo. La realizadora subrayaba cómo ese desnudo vital que sostiene a la cinta entra en tensión con su propio talante. Y era imposible no advertirlo: su prestación, revestida de una genuina timidez al evocar las circunstancias que la llevaron a hablar del padre que la abandonó, de las mujeres que la maternaron como podían, de la niña que jugaba a fotografiar mujeres dormidas… dialogaba con la figura de la cineasta que hoy decide mostrarse, “extimidarse”. Una exposición que resuena como experiencia compartida por muchos. Y yo, como el más conmovido de los mexicanos lejos de su tierra, encontré en ese gesto una poética del desvelamiento que remite a la antigua práctica de revelar fotografías: un proceso tan técnico como emocional, porque develarse, como se hacía con las imágenes de antaño, no garantiza álbumes pulcros ni composiciones infalibles; implica, más bien, una doble exigencia: por un lado, la elección precisa del instante y del plano, conscientes de la finitud del rollo y de la escasez de oportunidades; por otro, la aceptación de lo imperfecto, de la imagen velada o del ángulo mal logrado.

En esa tensión entre control y contingencia es donde Vainilla exterioriza su verdad más elusiva y, a la vez, más profundamente humana. Hermosillo, me parece, nos muestra no solamente un álbum de fotos sino una antología generacional que le hace estremecedores guiños a nuestra juventud noventera: las escenas de Roberta tomándose un refresco en bolsa, el estribillo de Pelo suelto, los precios en pesos mexicanos  poco antes de pasar a una milésima de su valor,  el vendedor callejero de nieves (porque en México sabemos diferenciar una nieve de un helado) o, en un discreto trasfondo sonoro, ese pedagógico comercial que inculcaba que “tú vales mucho y mereces respeto. ¡Ojo, mucho ojo!”. Prueba, esta última, de cómo la niñez está tan cerca del acecho de la maldad adulta; de cómo no es un universo aparte, pues como dice Daniela Rea, “la vida de la infancia es muchas cosas menos un espacio de inocencia”.

En Vainilla, la infancia de Roberta oscila entre lo candoroso y lo aciago. La cámara adopta una focalización interna privilegiando, de este modo, su punto de vista y construyendo el relato a su altura. De ahí el uso recurrente de planos detalle que, con una materialidad casi táctil, vuelven tangible sus inquietudes. Lo percibimos en el encuadre de la nieve derritiéndose entre sus manos, que pareciera condensar la fragilidad de su mundo afectivo. Lo encontramos igualmente en una repetida secuencia onírica en la playa, que opera como leitmotiv de su mayor miedo: el de perder a las mujeres que la rodean (a diferencia del pavor que experimentan estas últimas: el de la pérdida de su casa).

El mar –único espacio verdaderamente abierto en toda la cinta– irrumpe como una anomalía formal y, en contraste con la linealidad de los breves planos secuencia de los que se nutre el filme, esta imagen quiebra la continuidad narrativa y delata una naturaleza más mental que diegética. También, y muy adrede, desentona con la paleta multicolor dominante. La cámara de Hermosillo proyecta, a través de la mirada de Roberta, un mar que no es meramente paisajístico, sino una superficie abstracta que encarna la amenaza latente de disolución ¿de su familia?, ¿de su inocencia?

Hablando de miradas y sensorialidades particulares, he saboreado diálogos en fragmentos de Vainilla con otros filmes. El más evidente, Little Miss Sunshine (2006), con su protagonista soñadora, bailarina también, interesada en un cuerpo que no termina de crecer, vestida con prendas kitsch y torpemente maquillada. La he visto en la película Tótem (2023), de Lila Avilés o en aquella que le precede una década, Los insólitos peces gato (2013), de Claudia Sainte-Luce; en ambas, chicas como Roberta son protagonistas y en ambas la relación familiar se complica cuando un desasosiego tensiona cada fibra de los vínculos, cimbrando cuerpos y desgastando ánimos. En Vainilla también se pierden certezas, y eso, al igual que en los filmes evocados, complejiza toda relación y arrebata cualquier seguridad. Mas no debilita los lazos; al contrario, los robustece. Y eso, también, lo he reconocido en mi familia ante la pérdida y la tragedia. Porque si algo distingue a Vainilla es que, por más complejas, incoherentes, a ratos odiosas y embusteras, que sean las mujeres de la familia de la historia, precisamente en ningún momento dejan de ser eso, familia. Todas ellas se sostienen, se levantan y se solidarizan. Y eso también lo he reconocido en la mía.

Vainilla, lo reitero aunque ya quedó claro, es un retrato íntimo y enternecedor que nos muestra la importancia de arreglárselas en colectivo, llorando cuando no se pueda más, riendo apenas sea posible. Si antes traje a colación la anécdota de escuchar a Hermosillo en un festival frente a un público europeo y bajo su mirada es porque huelga poner en primer plano la unicidad de saber gestionar los momentos más fatales con cierto humor, con cierta desdramatización, muy característica del modus operandi mexicano. Lo digo sin aspavientos y sin romantizar ni el maltrato ni el despojo –que no se me malinterprete–, pero sí teniendo en cuenta que el afecto se traduce en posicionamientos resilientes. Una cinta que enarbole la ternura, en un imaginario acostumbrado a vernos como peligrosos, “pobrecitos” y salvajes, demuestra resistencia; y el cuidado hacia los demás, se sabe, es terreno político.

Pero Vainilla no sale ilesa de ciertos desatinos que me decepcionan e incluso llegan a irritarme. La historia ocurre en Torreón –las alusiones a la ciudad, de donde proviene la cineasta, son directas–. La casa filmada, de hecho, fue su hogar de infancia. La couleur locale, como dirían en francés, es innegable. De ahí que resulte particularmente frustrante la ausencia de esa tonalidad lingüística propia del español del norte. Las actrices y los actores se expresan en un registro y con discursos que suenan deslavados, artificiales: esa habla impostada que tanto se empeña en estandarizar la televisión. Se instala entonces una sensación ya conocida: la de un cine mexicano que parecieran habitarlo –poseerlo– únicamente voces de la Ciudad de México. Hermosillo pasa así por alto que la lengua y sus particularidades son también un territorio de identidad y no logra descentrarse. Que los componentes de la cinta sean extrapolables a la experiencia de muchos mexicanos –yo in primis, nacido en la costa guerrerense y por años residente en la capital veracruzana– no debería anular su singularidad. Tristemente Vainilla nunca sabe a Torreón. Suena al centro del país o, peor aún, a una telenovela de Televisa. Y ahí, en esa fisura entre lo vivido y lo representado, la película pierde una capa de verosimilitud que parecía, por todo lo demás, empeñada en abanderar.

Aun así, agradezco y celebro la existencia de historias como Vainilla: obras que funcionan como depósito de testimonios, de archivos y de memoria; que resguardan sueños y miedos, gratitud e introspección. Una filmografía que emprende una necesaria arqueología de lo íntimo, un gesto de excavación emocional que se deshace de la grandilocuencia para enfocarse en lo cotidiano. Me reconforta, asimismo, ver que el cine mexicano no solo sea de color sepia, sino que pueda ser tan cromático como la más barroca de las casas donde se crece. Resuena entonces, con una claridad tan nítida como en las mejores fotos, lo dicho por Mayra Hermosillo al final de la proyección: Vainilla es la recompensa de un instante de dulzura después de agrios periodos, de años de esfuerzo; el dulcis in fundo y el gusto por recordar lo vivido.

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