Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Literatura


Francesca de Tores, Saltblood. Salitre en la sangre, Almayer, Barcelona, 2025, 397 pp.


Una simple nota de la autora al principio del libro advierte del mayor acierto de Saltblood: “Mary Read y Anne Bonny son personajes históricos, pero yo no soy historiadora”. Así nos adentra en el universo de estas dos mujeres piratas, pero cediendo a las técnicas literarias de la ficción y construyendo una clásica novela de aventuras con una mentalidad moderna y contemporánea. La poca información existente sobre ambos personajes permite dejarse llevar por la invención y recrear la época, jugar con las certezas y emplear la imaginación para acercarse seguramente a la personalidad y a las vivencias de Mary y Anne.

Después, estas páginas atrapan por esa voz en primera persona, la propia Mary Read, que ya al borde la muerte y sin nada que perder, se convierte en la narradora veraz de su historia. Y como esas voces narrativas que nos han acompañado en los mejores libros de aventuras —desde el Ismael de Moby Dick a Charlie Marlow en El corazón de las tinieblas o Jim Hawkins de La isla del tesoro—, Mary nos va embaucando con la suya. La Mary Read de Saltblood es la máxima protagonista de su deambular y de su peculiar aprendizaje sobre la supervivencia.

Saltblood describe a otro testigo excepcional de gran parte de lo que acontece; además de la narradora, surgirá —en un momento importante de cambio en la trayectoria vital de Mary— una cuerva que la acompañará durante los años excepcionales en los que se transformará en una mítica y famosa mujer pirata. La cuerva sin nombre se comporta como tal, no es tratada desde una concepción animista donde la mascota tiene una consciencia, un alma, unos rasgos y un carácter humano o la capacidad de hablar, sentir o actuar como una persona, tal y como ocurría en las fábulas de Samaniego o en novelas más recientes que convierten a los animales en narradores fundamentales de la trama como Canto yo y la montaña baila de Irene Solà o Cordillera de Marta del Riego Anta, pero para dotar de vida propia a la naturaleza que nos rodea.

La cuerva es una cuerva y, desde que aparece en el capítulo 13, es imposible separarse de su sombra. Se transforma en una presencia fiel en la vida de Mary Read, que decide que es hembra: “Digo que es una cuerva, aunque no tengo ni la más remota idea, y no pienso mirarla tampoco de cerca, si es que así hubiera forma de saberlo. Pero pienso en ella en femenino, por la fiereza de la curva de su pico”. La protagonista admite su compañía, sin poesía alguna y sin dotarla de algún tipo de significado o conexión especial (aunque la tienen): “Este pájaro no es ni una advertencia, ni una bendición ni mi ángel de la guarda. Las prodigiosas mierdas que me deja en el alféizar dan fe de ello. No: un cuervo no será nunca nada más y nada menos que él mismo”.

Mary Read, protagonista y narradora a la vez, se construye a partir de dos importantes características de su personalidad. Desde que era una bebé, por cuestiones de supervivencia, tuvo que ocultar su feminidad y vivir con la identidad de su hermano muerto, Mark. Así pasa toda su infancia y adolescencia ocultando que es una mujer hasta que en una de sus diversas aventuras conoce a Dan Jansenns y, en una situación límite de vida o muerte, le dirá su nombre: Mary… “Ha puesto fin a mis preguntas con besos, y quiero más, pues ya sea Mark o Mary, ahora soy puro deseo ardiente”. Así durante toda su vida mezcla los pantalones con las faldas, vive su sexualidad según la siente y es capaz de amar a una persona, sea hombre o mujer. Aunque, sin duda, quien deja una huella más profunda y teje un hilo que no se rompe, a pesar de que se tense, es Anne Bonny.

Y la otra característica es que encuentra en el mar su motivación para vivir. La vida en un barco enciende en ella la pasión por la vida; en el océano se siente en casa. Para ella cada una de las embarcaciones en las que trabaja tiene su canto y “los marineros somos algo totalmente distinto a las personas de tierra”. Mary conoce el mar sin mentiras, ella es marinera de espíritu, no tiene nada que ver en esa sensación el ser hombre o mujer, sabe que es “esclava de los vientos” y se siente “como en casa al estar rodeada de agua salada”.

Francesca de Tores (pseudónimo que utiliza Francesca Haig en sus novelas históricas) emplea una estructura circular y sencilla. Una Mary Read al final de su vida en una prisión interpela al lector y dice en un breve prólogo fechado en marzo de 1721: “Si esta historia debe contarse con palabras, serán de mi puño y letra”. Y después va narrando capítulo a capítulo, en orden cronológico, desde su nacimiento hasta toda su trayectoria vital y alcanza el final de su aventura para volver de nuevo en abril de 1721 a esa celda donde rubrica su despedida: “Ojalá me enterraran en el mar, pues no confío en la tierra ni en su tozuda resistencia a ceder. Oh, enterradme en su lugar en las oscuras profundidades. Enterradme donde el mar engulle el sonido, donde el agua conoce su nombre y me puede enseñar la paciencia del cangrejo y de todas las criaturas con concha, donde mis huesos se conviertan en coral”. No puede ser una estructura más simple, pero a la vez efectiva, con esa voz que va hilvanando como las olas que llegan a la orilla de una playa cada una de sus anécdotas. Pues De Tores sabe del sentido del ritmo, de la poesía entre las líneas y de lo que significa también entretener como se presupone en toda buena novela de aventuras.

Saltblood. Salitre en la sangre no olvida nunca su condición de libro de aventuras y del subgénero al que pertenece, las novelas de piratas. Ni tampoco que se está dejando llevar por la Historia con mayúsculas, por una época concreta, por unos personajes que existieron y una forma de vida que necesita de una ambientación y unas localizaciones adecuadas. Así otro de los puntos fuertes de Francesca de Tores es la recreación de lugares como Nassau, centro de reunión de piratas a principios del siglo XVIII. Este lugar es una república que se regía por sus propias normas. “Nassau es un mundo donde todo es posible, y aprendo rápido que muchas de las cosas que son posibles también son feas. Sin embargo, aquí también encuentro belleza: el refulgir de la playa en una noche clara, cuando le prenden fuego a un casco podrido y algún borracho le tira pólvora para que las llamas engullan el cielo”. O también se centra en cómo transcurre el día a día en cada uno de los barcos donde Mary va encontrando trabajo como marinera bien al servicio de una guerra, del comercio o de los piratas. Cada barco es un personaje en sí y Mary vive en las cubiertas entre velas, gavias, cabos, crucetas, cañones, bodegas, camerinos… “El barco en sí no guarda ninguna sorpresa, pues las reglas de los vientos y las velas son las mismas de toda embarcación. Pero los sonidos y olores son distintos, y no se parece en nada a la calma ordenada del Resolve o el Expedition”.

En toda novela de aventuras y de aprendizaje hace falta unos personajes secundarios bien construidos que enganchen, además de dar pinceladas del mundo real que habitan Mary y Anne. Como Mary Read nos relata toda su vida, los treinta y seis años que transita de un sitio a otro, son muchas las personas que van marcando su existencia, así como las relaciones que, a pesar de ser una mujer solitaria y libre, quedan al descubierto. En la vida de Mary hay dos mujeres que cobran máxima importancia en la forja de su carácter y tres hombres que suponen su evolución hasta llegar a ser esa mujer pirata que se convirtió en leyenda. Así la primera persona que influye en su crecimiento es su madre, una mujer dura, experta en la supervivencia, que no la ofrece precisamente cariño, sino una rebeldía y una aspereza ante la dureza del mundo, porque “jamás le perdonará a su vida en lo que se ha atrevido en convertirse”. Luego hay tres hombres que son hitos en su existencia: Marston, su primer gran amigo que le enseña la vida en los barcos y le hace enamorarse del mar; Dan Jansenns, el hombre que terminará convirtiéndose en su único esposo y permitirá que recupere su nombre de mujer; y John Rackman, el capitán pirata con el que se enfrentará a sus años más intensos. Por supuesto, tampoco falta el villano y el enemigo con el que se encontrará en distintas situaciones a lo largo de los años y que conocerá en la cubierta del primer barco donde trabaja, Belling, que “tal vez no sea más deshonesto que yo, que también guardo mis propios secretos”.

Y, por último, está Anne, su amiga, su amante y compañera de aventuras. La conoce en Nassau y una vez se encuentran siempre se mantiene fiel. Anne “tiene la belleza del zorro, afilada, inquieta y muy inteligente. Mira a su alrededor con gesto de insatisfacción; está preparada para que la satisfagan a lo grande” y si algo le queda claro a Mary, después de unos años a su lado, es que siempre ha tenido capacidad para marcharse, para no mirar atrás, para caminar ligera por la vida, sin preocuparse de los fantasmas. Al contrario que Mary, de cada sitio que se marcha y de cada persona que se le va le queda un poso, los fantasmas nunca la abandonan. Sin grandes épicas ni ensimismamientos románticos, Mary narra el triángulo que crean Anne, Jack y ella. De manera sencilla y natural, como explica en un momento dado, Anne “ama a Jack y me ama a mí”. Y los tres además se admiran entre ellos, nunca se traicionan y son fieles a sus principios. Pero sobre todo no se atan ni se retienen, son tres seres humanos que navegan libres por ese mundo que les rodea.

En una novela donde aparece Nassau y que refleja la etapa dorada de la piratería a principios del siglo XVIII, no podían faltar personajes históricos imprescindibles bien como secundarios con un papel importante en la trama o nombrados por los protagonistas y formando parte de esa casi república de piratas que se instauró en dicho lugar. Así surcan las páginas, además de Mary, Anne y el propio Calicó Jack (John Rackman), piratas de renombre como Benjamin Hornigold o Barbanegra. Y no falta otro de esos enemigos con personalidad intrigante y atrayente con la figura de Wooder Rogers, el hombre que terminó siendo gobernador de Nassau y que se convirtió en un cazador implacable de piratas.

En 2024, Francesca de Tores ganó el Wilbur Smith Adventure Writing Prize, el galardón más importante a nivel internacional que apuesta por el género de aventuras, con Saltblood. Y no es de extrañar, pues un clásico del género son sin duda los piratas, y De Tores logra una emocionante novela de aventuras con un personaje principal fuerte y bien dibujado. Robert Louis Stevenson, Emilio Salgari, Rafael Sabatini, John Steinbeck o Richard Hughes han navegado por páginas y páginas plagadas de corsarios y piratas, pero lo cierto es que la sombra de Mary y Anne no ha dejado de crecer y varios autores están rescatando e inventando sus andanzas.

En el mismo siglo XVIII, Daniel Defoe publica la Historia general de los robos y asesinatos de los más famosos piratas y, por supuesto, aparece Mary Read (y, por tanto, Anne). Ese libro es una de las fuentes principales de la leyenda. Según se ha ido entrando en este siglo XXI, distintos autores han ido inspirándose en dichos personajes para sus novelas, como la escritora cubana Zoé Valdés que en Lobas de mar (2003)las convierte en las protagonistas rebeldes de su historia; el escritor francés Alain Surget toma a Mary como inspiración para una obra juvenil, Mary Tempestad (2007), donde es una joven que ama el mar desde niña y se hace pasar por un chico para cumplir sus sueños; o la autora gallega María Reimóndez se centra en Mary Read en su novela Pirata (2009), que solo está editada en gallego, para reivindicar este personaje histórico y analizar las limitaciones que tenían que superar las mujeres en el siglo XVIII.

Francesca de Tores las rescata de nuevo en una novela dinámica donde no solo es la aventura lo que destaca sino también una sucesión de tramas y conflictos que matizan a sus personajes femeninos desfilando temas de fondo como la identidad de género, la sexualidad, la maternidad, la amistad, la supervivencia y la pasión por el mar.

Una cuerva negra vuela siempre cerca de Mary y la acompaña con el mar en calma y en las tempestades más hostiles. El pájaro desde que decide seguirla nunca dejará de observarla y de desplegar esas alas que de tan negras se vuelven azules, como el fondo marino. Las alas de la cuerva se extienden y abrazan las páginas de Saltblood y un lector puede sumergirse entonces en ellas y surcar los mares en un barco pirata subido en lo alto de la vela junto a Mary Read.

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