Joan Didion, Apuntes para John, Random House, Barcelona, 2025, 254 pp.
La pregunta para nada es nueva: ¿tenemos derecho a leer las páginas no autorizadas de un autor que ha muerto? ¿Podemos fisgonear en sus papeles o en sus correos electrónicos con la esperanza de hallar tal vez un tesoro? Durante la vida de un escritor, hay un criterio simple acerca de lo que sí debe publicarse: todo aquello que entregó libremente a un editor con ese fin. Por lo regular, son dos los aspectos que sirven para justificar las decisiones editoriales post mortem: el probable valor estético de las páginas halladas: o bien, el interés extra literario que estas poseen. Con ello quiero decir que acaso no estén a la altura de lo mejor de la producción hasta entonces conocida, pero aportan algo que los lectores podrían desear leer y aun consumir (un ejemplo son los diarios, en teoría, íntimos; otro tanto podría decirse de los “textos rescatados” en revistas y periódicos de la época previa a la fama, los borrones).
Acaso sea inevitable el regusto amargo que nos provocan las obras póstumas, puesto que sabemos que al leerlas acaso estemos traicionado al artista que se admira; somos así lectores infieles que transitamos por un libro sin la autorización, sin la versión aprobada, e incluso terminada y pulida. Si el autor no quiso que leyéramos esto, ¿por qué no quemó en vida el manuscrito?, ¿por qué apareció tal o cual texto entre los papeles de su escritorio con tan llamativo orden? Hay que decir, sin embargo, que habrá casos en que los criterios señalados coincidan: que el libro refleje el talento del autor; y que además nos revele una faceta hasta entonces desconocida (hay asuntos que solo pueden publicarse toda vez que quien escribe ha dejado este mundo; el morbo puede ser así un factor añadido al interés literario de ese testamento, un incentivo comercial). ¿Qué sería de nosotros si Max Brod hubiese seguido, según nos lo indica la leyenda, las instrucciones de su amigo cuando éste le pidió entregar al fuego las páginas de La metamorfosis? El mundo, sin duda, sería muy diferente, aun inconcebible sin esa obra maestra.
Todo esto lo pensé durante la estremecedora lectura de Apuntes para John de la afamada escritora estadounidense Joan Didion. No es la primera vez que tenemos la oportunidad de conocer la vida íntima de la autora gracias a sus ensayos, pero aquí sucede algo muy distinto con el género y con las condiciones de escritura. Acaso lo más conocido de su producción literaria, por lo menos en México, sean los dos hermosos textos autobiográficos que ella publicó en la última fase de su vida: El año del pensamiento mágico (2005) y Noches azules (2011). En ambas obras, Didion halla en una sutileza máxima y en una capacidad de observación portentosa los instrumentos mejores para describir todo lo que la muerte de su esposo y de su hija provocaron en ella y en el pequeño mundo que abandonaron dejándola sola; es así como ella entiende el arte de la elegía, como un ejercicio en que se reúne la inteligencia con la sensibilidad, y en que se contempla con rigor a sí misma. En Noches azules, sugiere algo sorprendente por paradójico: “Los recuerdos son las cosas que ya no quieres recordar”.
Si bien sus pérdidas ocurren en el territorio de lo eminentemente privado, el lector descubre, como efecto de la escritura y de la lectura, que no está solo en ese cambio de perspectiva que provoca la muerte de un ser querido, una experiencia que todos tarde o temprano acarreamos; es como si todo terminara por reacomodarse, por cambiar de lugar, por significar otra cosa más ante ese nuevo vacío. Didion se investiga; con esto quiero decir que sus ensayos son el testimonio de una irrefrenable subjetividad donde caben, entre otros motivos, las personalísimas asociaciones que realiza, todos los objetos y todas las experiencias que quisiera, en realidad, no tener que recordar. En fin, tanto El año del pensamiento mágico como Noches azules se han constituido en libros de cabecera para aquellos que nos sentimos atraídos por el género, por las memorias, por los textos autobiográficos, por un tipo de literatura que se corresponde con la intimidad más arriesgada en su versión posmoderna. Es de esperarse que tales lectores sepan apreciar también un volumen inesperado como lo es Apuntes para John; allí también hay innegables riesgos.
Los editores recuperaron una carpeta de notas personales –esa es la razón del sustantivo apuntes en el título de la publicación– tras la muerte de Didion. Dichas notas son un conjunto de resúmenes que la escritora preparó tras reunirse con el psiquiatra que la atendía con la finalidad de comprender el alcoholismo y las pulsiones suicidas de su hija, la fotógrafa Quintana Roo Dunne (1966-2005), para buscar lo que ella debía hacer –y sobre todo decir– ante una situación inmanejable. ¿Qué necesitaba escuchar su hija? ¿Cómo tratarla si esta se asomaba con frecuencia al abismo en lo cotidiano? Como lo asentó Nietzsche, los abismos más pequeños son los más difíciles de salvar. Por supuesto, la hija llevaba un tiempo acudiendo a los auxilios previsibles: Alcohólicos Anónimos (Didion desconfiaba de su efectividad), estancias de desintoxicación en instituciones, terapias que combinaban lo mejor del psicoanálisis con la psiquiatría, píldoras, etc. Pero esto no era suficiente para tranquilizar a la autora de forma alguna. Ella, por su parte, necesitó hablar con alguien acerca de su angustia de madre adoptiva, de sus hondos sentimientos de culpabilidad, de la desazón que despertó en ella al convertirse en testigo permanente del descalabro de Quintana Roo, y también debió medicarse, según nos enteramos por las dosis que le van prescribiendo. En algunos momentos del libro, también se registran los pequeños instantes de esperanza.
Los documentos que Didion escribió tuvieron una funcionalidad original, inmediata e incluso doméstica: que los leyera su esposo, el escritor John Gregory Dunne (1932-2003). Puede derivarse que era la manera que convertirlo en un participante del proceso terapéutico, de establecer una forma de comunicación, sin embargo, oblicua –lo que pudo haber tomado la forma de una serie de charlas familiares, se convirtió en la escritura de los papeles con aquel registro minucioso, un conjunto de cartas con un destinatario específico, una serie de informes–. Un planteamiento que puede realizarse tras la lectura: esta era la mejor manera para que él se enterara de lo que iba aconteciendo en el consultorio del psiquiatra de su esposa (se supondría que tal espacio es confidencial), con todos los detalles, sin la necesidad de discutir ni de interrumpir, dando así la preferencia al ejercicio de la contemplación de las emociones ajenas con enorme exactitud y detalles milimétricos. Didion hace pues un registro de cada una de las reuniones a las que ella acudió, y hay algo de la poética del diario en las páginas de Apuntes para John puesto que no deja de incluir las fechas respectivas, los hechos de la jornada en el consultorio. Por esto, los textos pueden recordar en algo al diario como género, pero sobre todo a una bitácora de su impaciencia y de su creciente miedo. Como se deduce al leer el libro, el psiquiatra de Didion trabajaba en coordinación con el psiquiatra de Quintana Roo, de tal manera que poseemos los testimonios cruzados, las palabras que iban y venían entre las dos pacientes y los dos médicos que las trataron, los conflictos por los puntos de vista divergentes, las hipótesis de trabajo ante tal o cual comportamiento o emoción despierta, los consejos tranquilizantes para enfrentar situaciones cotidianas (¿qué efectos tendría, por ejemplo, el cambio de trabajo de Quintana en su salud emocional?, ¿qué decirle y cómo reaccionar si se mostraba abúlica en una cena?) Puede afirmarse que los cuatro trabajaron en equipo: Joan Didion, Quintana y los dos especialistas. El tema recurrente era la salud de la fotógrafa y editora; pero esto no era todo: la escritora de El año del pensamiento mágico también necesitó en las sesiones explorar su propia existencia, sus decisiones profesionales, la forma en que había formado su personalidad y cómo todo esto podía tener algún efecto impensado en su hija; algo que le preocupó, por ejemplo, era la imposibilidad de que Quintana viera en ella y en su esposo dos personas separadas, con una ostensible individualidad. Otro tema que se trata es la manera en que educó a su hija a convivir con el miedo. Didion compartió con el médico que en una ocasión, tras ver una cinta de horror con su jovencísima hija, le pidió que la acompañara a determinada habitación de la casa, pues la escritora sentía temor: la mujer adulta confió en la niña su seguridad. El doctor no entiende por qué le dejó ver esa cinta siendo la niña tan pequeña –no es difícil imaginar la interpretación que el especialista propone tras escuchar esta anécdota–.
Sin lugar a la duda, resulta tortuoso leer las páginas en que se indaga en lo casi inexplicable: ¿cuál podía ser la responsabilidad materna y paterna en la psique de una mujer adulta? Si algo ha intentado demostrar el psicoanálisis, es que parece existir una respuesta lógica para los problemas fundamentales; una suerte de hipótesis que sirve para que al paciente se le revele el meollo de su dolor; una racionalización, si se quiere, de lo irracional; un esquema prometido por descubrir si se indaga lo suficiente en lo más profundo de la psique. Y, sin embargo, ¿qué hacer cuando esto no sucede? Quiero decir, cuando después de explorar la complejidad de la existencia no parece haber una salida del laberinto personal. Al crecer parecieran rebrotar los traumas adquiridos en la infancia, pero no contamos con una máquina del tiempo para remontarnos a aquellos tiempos y corregir los errores, si es que verdaderamente esos errores marcaron de alguna forma la personalidad… ¿y si fuese acaso responsabilidad de las estrellas? En los textos de Apuntes para John, Didion examina algunas de las respuestas para las preguntas incontestables con ayuda del doctor MacKinnon. Un aspecto realmente fascinante del libro es la aparente transcripción que la escritora hace de las palabras de su doctor, de tal forma que escuchamos el diálogo que establecen ambos en un intenso ejercicio de dialéctica y de investigación. Esto refuerza el carácter de informe que posee el libro. He aquí un ejemplo tomado de la entrada del 16 de febrero de 2000:
-Creo que usted creció creyendo que estaba al borde del desastre. Que estaba a punto de perder a su padre. Creo que usted estuvo anticipando la pérdida de su padre toda su vida. Hasta que murió. Razón por la cual creo que su muerte le afectó más de lo que usted cree.
Como hipótesis, dije, asumamos que eso es cierto. Sin duda es cierto que siempre he sido extremadamente aprensiva. Es posible que las razones por las cuales soy aprensiva no sean tan importantes como el simple hecho de que lo soy. He aquí lo que no entiendo: ¿qué tiene que ver esto con Quintana? ¿Qué es lo que percibe de mí que le preocupa? Acepto que ella está percibiendo algo, eso es lo que ella le dice al doctor Kass, por eso estoy hablando con usted.
-Un mensaje muy simple. Percibe que usted está preocupada, aprensiva, tal vez asustada. Los niños que perciben que un progenitor está siempre preocupado se sienten inseguros desde una edad muy temprana. No tienen ni idea de qué le preocupa al progenitor, así que anticipan lo peor que pueden imaginar. Les asusta que el progenitor pueda perder el control de la situación, que no sea capaz de cuidar de ellos. Arrastran ese miedo a la vida adulta. Eso es lo que ella está trabajando con el doctor Kass. Pero necesita sentir que usted estará bien.
La cita no es breve, pero me interesa consignarla en su totalidad por lo mucho que se puede deducir al leerla. No es mi deseo proponer un análisis de este intercambio de ideas, pero sí observar las dificultades que enfrenta Didion para curar a su hija porque primero, en teoría, ella debió curarse. Todos tenemos una vida que no hemos escogido, con circunstancias que parecieran desbordarnos. Y la personalidad que poseemos podría ser el resultado final de un conjunto de variables incontrolables –la angustia, el temor a la soledad, la dificultad para comunicarnos son los signos de ello–. Después viene la convivencia con los demás, con nuestras propias historias, con un sinfín de peculiaridades que dificultan la cercanía. ¿Didion era en verdad responsable del malestar de su hija? Esa pregunta ronda constantemente su pensamiento, según se deriva al leer las páginas de estos Apuntes para John. Pero también podría achacarse el temperamento autodestructivo de Quintana a otros factores: la herencia genética, su condición de hija adoptada, mil detalles que nunca podrían incluso detectarse ni saberse, acaso las estrellas. ¿Cómo entonces sanar su alma herida? No ahondaré aquí en las páginas del epílogo de la edición de Apuntes para John, pero allí se confirma que lo trágico no puede impedirse cuando, con o sin conciencia, se ha preferido ese rumbo sin retorno posible.