J. M. Coetzee, El vigilante de sala, Museo Nacional del Prado, Madrid, 2024, 66 pp.
A nadie le amarga un dulce, ni siquiera a alguien tan austero y monástico como J. M. Coetzee. El dulce se llama Escribir el Prado, un programa de residencias para escritores, organizado por el Museo Nacional del Prado, la Fundación Loewe —el puente entre la marroquinería y la literatura—, y Granta en español, la edición más castiza de la revista británica de narrativa, reportaje y crónica, concebida por alumnos de Cambridge, en 1889. Con estos ingredientes, se agita la coctelera y aparece una estancia en Madrid, la guinda del pastel a la que no renunció J. M. Coetzee. De finales de junio a mediados de julio de 2023, este Premio Nobel, quijotesco escritor a contracorriente —su pluma se niega a consolidar el imperio del idioma inglés—, fue seducido por El Prado y por la Villa y Corte de Madrid. Desde el principio, Coetzee supo que su estancia tenía un coste y que los benefactores esperaban su pago como agua de mayo… o de junio. En ese mes, pero de 2024, se publicó en una cuidadísima edición bilingüe El vigilante de sala, un relato coprotagonizado por Elizabeth Costello, alter ego de nuestro autor.
Comencemos diciendo que este no es el mejor relato de J. M. Coetzee, aunque decir eso no significa que se recomiende ignorarlo. Más bien, todo lo contrario: cualquier texto de este autor constituye un eslabón más de su Obra y, por lo tanto, merece la pena tenerlo en cuenta. Dentro del monumento literario en el que trabaja desde hace décadas, El vigilante de sala no es un muro de carga ni una sólida viga; más bien, un tapete de ganchillo, tricotado con cierta prisa, que cubre la mesa camilla: está donde tiene que estar, no desentona con el resto y cumple con su humilde misión. Sin más. Eso sí, ese tejido sale de las manos y de la mente privilegiada del autor de Desgracia, Vida y época de Michael K., Foe, El maestro de San Petersburgo o esa cumbre del desgarramiento, publicada en 1980, Esperando a los bárbaros.
Antes de husmear por las treinta páginas exactas que ocupa este relato, pongamos sobre el tapete (el de ganchillo) ciertas inquietudes: ¿los libros por encargo revelan la misma verdad literaria que aquellos que nacen de la necesidad del autor por contar? ¿Las exigencias de disponer de una obra en unas fechas determinadas y con una temática concreta cercenan la creatividad del artista? No hay que ser papanatas. De siempre, la relación entre el escritor, el dinero (y/o el poder) y su libertad creativa ha sido complicada, como argumentó, entre otros, Émile Zola en su Literatura y dinero. Nos guste o no, de estas transacciones entre el creador y el poder —ya sea político, económico o mediático— han surgido obras ponderadas a través de los siglos. Baste un ejemplo: Virgilio escribió La Eneida por encargo del emperador Augusto. Isaac Rosa ha reflexionado sobre lo que él llama “la industria auxiliar del escritor”: cursos, conferencias, becas, programas, colaboraciones en prensa y un largo etcétera de medios para cubrir sus gastos personales y, por otro lado, mantener bien alimentada a la industria editorial. A Coetzee probablemente el dinero le importe un carajo, pero con El vigilante de sala ha buscado un punto de encuentro entre su literatura y esa omnívora “industria auxiliar”. Lo anterior no es per se ni bueno ni malo; simplemente es. Pero ¿el fruto engendrado por esta relación se saborea igual que el nacido de la imperiosa necesidad vital de escribir? Sospechamos que no.
¿De qué trata El vigilante de sala? José Eduardo, Pepe para los conocidos, trabaja en el Museo del Prado. Se fija en una mujer, probablemente septuagenaria, que observa tanto El 3 de mayo en Madrid como El perro semihundido, lienzos de Francisco de Goya y Lucientes. La mujer le comparte la razón de su obsesiva búsqueda de sentido a estos cuadros: justo antes de que su esposo se suicidara en Los Muertos (una playa de Almería), había pasado horas ensimismado frente a ellos y su humor se había tornado sombrío. Tras esta extraña conversación con la visitante, José Eduardo sale del Museo y sufre un accidente: un golpe le provoca tales secuelas que acaba internado en una clínica. Algo le dice que, de alguna manera, él ha sido víctima de la enigmática mujer de El Prado, una araña en busca de presas. En la clínica, Pepe conoce a Rita. Quizá no se enamoran, pero se acompañan. Juntos descubren que la enigmática mujer de El Prado se llama Elizabeth Costello, que es escritora, y que en su volumen Cuentos escogidos ha publicado uno titulado El vigilante de sala, donde describe un personaje que bien podría ser él. Tras leerlo —se trata del revés de su historia—, José Eduardo concluye que esa tal Elizabeth Costello falsea la realidad: “Es una mentira de cabo a rabo”.
Elizabeth Costello se ha inmiscuido en la obra de J. M. Coetzee desde finales de los noventa. Comenzó su insidiosa andadura —no resulta simpática, no quiere serlo— en 1999 con La vida de los animales. Cuatro años después, su peso permeó en toda la narrativa de Coetzee gracias a Elizabeth Costello. No ha dejado de estar presente estos últimos años en obras como El hombre lento o los Siete cuentos morales. En una de las escasas ocasiones en las que nuestro autor ha hablado de su obra, reveló: “¿Qué estoy buscando para explorar y comunicar a través de Elizabeth Costello? Lo que ella desea comunicar lo hace a través mío: yo soy el vehículo”. Por tanto, esta espuria escritora australiana ha escapado aparentemente del control de su creador. Hace lo que le da la reverenda gana. En el caso de El vigilante de sala aporta su versión de los hechos; transita por la ficción de la ficción como si arrastrara una condena que reparte a mansalva. Si la literatura multiplica la vida, no muchos querrían que su realidad fuera multiplicada bajo la pluma de la implacable Elizabeth Costello. En este relato, Coetzee juega con la insignificante frontera que separa ficción y realidad; nos hace reflexionar sobre la figura del creador que, en realidad, está siendo creado, una de sus grandes obsesiones literarias —como demostró en el extraordinario discurso Él y su hombre, pronunciado tras recibir el Premio Nobel de Literatura, en 2003—. El vigilante de sala es una variación de una variación de una variación de una fórmula perturbadora con la que Coetzee lleva años experimentando. Pero esta última sombra, este último relato, resulta desvaído en comparación con los fulgores previos. Sin embargo, permanece la chispa.
Mientras Elizabeth Costello observa los cuadros de Goya, le nace una duda: ¿puede Goya infiltrarse en tu interior? Esta reflexión podría extrapolarse a la que los lectores se hacen cuando leen a Coetzee: la lectura lenta de sus libros ¿podría infiltrarse dentro de uno y circular por todo el organismo causando desasosiego? ¡Qué diantres! ¿Tenía razón el bueno de William Blake y nos convertimos en lo que contemplamos? Pero ¿qué contemplamos? El vigilante de sala le cuenta a Elizabeth Costello que el cuadro de El perro semihundido podría estar incompleto. Hay una teoría que dice que Goya también pintó, a un costado, un árbol y un pájaro. El perro no estaba solo en la inmensidad de un océano que le succionaba hacia el fondo oscuro. El animal miraba el pájaro, la vida, el lado perdido por un observador ajeno a la arquitectura de la obra. Cuando José Eduardo, el vigilante, lee el cuento de Elizabeth Costello se encuentra retratado en sus páginas como un insolente de repugnante aliento a pescado. Se parece al hombre-cerdo del cuadro de La boda de Goya: su descripción está deformada, como los caricaturescos rasgos del novio en el cuadro del artista maño.
La construcción de una Obra requiere variaciones, ya lo hemos dicho, pero ¿por qué no hacerlo yendo por sendas menos exploradas? En los últimos años, el vigilante de sala se ha convertido en un personaje arquetípico. Lo encontramos en “Rosa Schwarzer vuelve a la vida” (cuento de Vila-Matas perteneciente a Suicidios ejemplares); Estupor y la maravilla: memorias de un vigilante de museo, de Pablo D’Ors —inciso: qué magnífico inicio el de la novela Andanzas del impresor Zollinger de este autor—; Toda la belleza del mundo de Patrick Bringley, quien trabajó diez años como vigilante de sala en el Metropolitan; o, más en la onda del libro de entretenimiento, puro y duro, La vigilante del Louvre de Lara Siscar. En 2016, Rafael Trapiello, acompañado por el fotógrafo Jonás Bel, entrevistó a vigilantes de sala de ocho museos españoles: “Pasan horas mirando mirar”, reflexionaba. Cabría pensar que la vida secreta de los museos tiene más personajes. ¿Qué decir de la taquillera que está en la frontera entre la transacción económica y la belleza? ¿O del señor de la limpieza que espera que se vacíe el Museo para borrar las huellas de los visitantes? ¿O de los miles de Pierre Menard que se instalan durante días frente a un cuadro para tratar de copiarlo con la mayor precisión posible? A la vista de lo anterior, el vigilante de sala parece la opción fácil, la que está más a mano.
Es vox populi que a muchos de los vigilantes de sala del Museo del Prado no les ha gustado nada este relato. Aunque esto no tiene que ver con su valor literario, sí merece la pena detenerse en el porqué de esta soterrada indignación. Al parecer, no se sienten reflejados en el retrato que de ellos ha realizado el Premio Nobel: que si los pinta como alcohólicos e impertinentes; que si dice que los visitantes pueden beber tranquilamente agua en las salas —la legislación actual permite meter agua en el interior del museo, pero no beberla en sus salas—; que si da a entender que conseguir un puesto de trabajo en el museo es pan comido —cuando requiere aprobar una oposición muy reñida—; que si… etcétera, etcétera, etcétera. J. M. Coetzee ha bosquejado su personaje literario. En eso consiste la libertad creativa y nada se le puede reprochar al respecto. Más cuestionable es si algunos aspectos de la fabulación —ese cúmulo de inexactitudes entre un continente de supuestas verdades— se deben a necesidades narrativas o a la falta de documentación por parte del autor. Es decir, si este descuadre entre la realidad del museo y la realidad de su relato ha sido intencionado o más bien producto de las prisas a la hora de cumplir con los plazos. El escritor de ficción construye su universo y, si así lo desea, la triste realidad burocrática le importa un bledo; sin embargo, en este caso chirría esa supuesta fidelidad entre el día a día del museo y algunos datos muy alejados de esa cotidianeidad. Asimismo, hay algo en José Eduardo que no acaba de ser muy verosímil para quienes habitan en Madrid. Los antecedentes, la sociología del personaje, no ayudan a que el lector proceda a suspender su incredulidad para meterse de lleno en el relato. Este vigilante de sala atufa a involuntaria impostura. Sencillamente, no se siente vivo (ya sabemos que tal vez no esté vivo, porque es producto de la pluma de Costello quien, a su vez, es hija de la pluma de J. M. Coetzee… aun así algo falla).
Coetzee pone en boca de Elizabeth Costello una frase que nos hace pensar que él supo siempre dónde se había metido:“Pero ¿de veras necesita un museo tan venerable contratar actores para publicitar su mercancía?”. Donde pone “actores” lean “autores”. Cuando Coetzee mantiene silencio, Elizabeth Costello se escapa de su control y vocifera sin tapujos lo que él no se atreve a decir.