Gérard de Nerval, Los iluminados, Aquelarre Ediciones, Xalapa, 2023, 359 pp.
Nunca ha existido una línea clara que separe lo sublime de lo disparatado, los mensajes divinos de las alucinaciones, las profecías de los monólogos de un esquizofrénico. Las pitonisas griegas se drogaban antes de transmitir sus oráculos: lo extraño, lo enigmático, lo incomprensible le daba a sus palabras una dimensión de verdad mística.
Una larga tradición enlaza al poeta, también, con el loco. No por nada decía Sócrates que el rapsoda estaba fuera de sí, que jamás era él mismo cuando hablaba. Más tarde, Horacio, en su Epístola a los Pisones,pintaría al mal poeta como un demente atrapado en un agujero, al que nadie se dignaba ayudar… John Clare, recluido en un manicomio, creía de todo corazón haberse convertido en Shakespeare o Lord Byron; los denominados “libros proféticos” de William Blake le ganaron la reputación de un lunático entre sus contemporáneos; Gérard de Nerval, víctima de brotes psicóticos desde 1841, pasó la última década de su vida luchando contra su enfermedad mental. Su campo de batalla fue —no podía ser otro— la literatura.
Los iluminados fue publicado tres años antes de su muerte. Está dividido en seis textos en prosa, cada uno el retrato de un personaje distinto. Poco tienen estos seis iluminados en común, excepto la soledad y el infortunio. Son golpeados, engañados, vituperados; sufren una decepción tras otra; tienen pocos aliados o ninguno; o bien son llanamente bizarros, indescifrables, difíciles de tomar en serio: el pagano Quintus Aucler anunciando su fe en plena Francia del siglo XVIII; el cabalista Cagliostro que invitaba a Voltaire y otros hombres difuntos a sus reuniones sociales.
El estilo de Nerval es claro y casi periodístico en su concisión y rechazo de todo ornamento. Sus personajes son históricos. Sí: ninguno de estos marginados es un invento, al menos no en nombre. Nerval no los extrajo de la imaginación, sino de los archivos y los libros de historia. A la luz de este conocimiento, surge una nueva pregunta: ¿cómo leeremos los textos que conforman Los iluminados? ¿Como relatos, crónicas, apuntes biográficos? La cuestión se complica aun más, pues, como apunta el traductor Rafael Segovia en el prólogo a esta edición, el autor se tomó la libertad de omitir numerosos detalles —relevantes y ciertos— y de añadir otros tantos —apócrifos—. Parece justo afirmar, entonces, que la intención estética predomina por encima de la informativa. Pienso inevitablemente en Borges, quien en su Historia universal de la infamia también “se distrajo en falsear y tergiversar […] ajenas historias”, como diría él mismo más tarde. Sin embargo, lo que en el autor argentino fue un primer ejercicio, “el irresponsable juego de un tímido”, en Nerval es la apuesta madura y consciente de un escritor que acaso ya se sabe en el último tramo de su carrera.
Valdrá la pena analizar algunos casos particulares. “El rey de Bicêtre. Raoul Spifame” es el primer relato de la colección. Su centro es un abogado del siglo XVI que durante sus delirios creía ser el mismísimo Enrique II y se comportaba como tal. Fue internado en un manicomio, y después en otro, donde continuó representando su papel, hasta que el papel abarcó su vida entera y se convirtió en rey de tiempo completo. Escribía, desde su celda, proclamas reales, anuncios; pedía ayuda a sus súbditos para escapar de su injusto encierro. Trabó amistad con Claudus Vignetus, otro internado que estaba convencido de ser un hábil poeta cortesano. Como puede intuirse, supieron entenderse muy bien.
Hay varios elementos destacables de esta historia. Por ejemplo, la marcada similitud física entre Spifame y el auténtico Enrique II (esta es, dice Segovia, una de las mentiras o exageraciones de Nerval), o la forma en la que el loco alzaba sus ficciones como escudo frente a sus circunstancias: “tenía la convicción de que sus sueños eran su vida y que su prisión no era más que un sueño; en efecto, es sabido que con frecuencia repetía, por las noches: ‘bien mal hemos dormido esta noche; ¡oh!, ¡qué molestos sueños!’”. La vida, ese sueño molesto.
El enigma mayor del relato no es, a pesar de todo, la locura individual de Spifame, que es explicable (sobre todo en nuestros días; diríamos ahora daño cerebral, trastorno de identidad disociativa, esquizofrenia paranoide o algo más). No. El clímax, y el punto más sublime de la historia, es el momento en el que Spifame y Vignet logran fugarse y se encuentran con la multitud parisina en una plaza. Nadie les presta atención, al principio. “Pero de pronto Raoul Spifame se quitó el sombrero, desarregló su capa, […] y bajo un rayo de sol que bañaba su frente en la altura en la que se había erguido, se hacía imposible no reconocer la verdadera imagen del rey Enrique II, a quien se veía de vez en cuando recorrer la ciudad a caballo”. Y el pueblo enloquece.
No, no es la locura individual. El libro no trata sobre eso, aunque lo aparente en un primer momento. Se trata de la locura colectiva, la que vivimos todos; esta existencia cruel, irónica, azarosa, que supera a la ficción como algunos dicen. Porque ¿qué es un rey, si un loco recién fugado puede tomar su lugar frente a sus súbditos? ¿Dónde está su nobleza, su divinidad? A mi juicio, Nerval busca demostrarnos que este mundo, sin importar qué leyes lo rijan y qué disciplinas lo expliquen, está siempre a la merced de fuerzas caóticas e impredecibles, de las que nunca estaremos a salvo.
“Cazotte”, el cuarto relato, narra esencialmente la ejecución de un hombre inofensivo. Jacques Cazotte, escritor místico, se ganó el repudio de los revolucionarios de Francia debido a los sentimientos monarquistas expresados en su correspondencia. Fue detenido no una sino dos veces, para finalmente ser guillotinado en septiembre de 1792. Habría sido sencillo para Nerval hacer de su personaje un loco o un profeta, un verdadero iluminado. El material le sobraba. Otro autor, La Harpe, había escrito en sus Memorias respecto a una cena de 1788 en la que Cazotte profetizó la revolución que ocurriría el siguiente año, así como el destino de todos los presentes. Nerval atribuye a esta crónica solo una “confianza relativa” e insiste en que los sueños y visiones de Cazotte no delataban necesariamente “un debilitamiento de sus facultades intelectuales”.
El foco del relato, una vez más, no es el personaje sino su increíble situación: un hombre anciano, culpable solo de haber escrito algunas cartas, marcha hacia su muerte con una integridad socrática, sin replicar nada a los discursos de sus ejecutores, sin decir nada sobre la sentencia más que “le parece justa”. Esta dignidad, más adecuada en un rey o un gran bandido, Nerval la ha encontrado en el patético Cazotte.
El lector atento encontrará, o ya ha encontrado, temas repetitivos en estas historias, a veces de fondo y a veces en primer plano: la religión, la revolución, la monarquía. Todos ellos puestos en duda, cuestionados. En estas páginas escritas a mediados del siglo XIX se siente todavía el impacto y el trauma de finales del siglo anterior; empezando, por supuesto, con la Revolución Francesa. Aunque Nerval es cristiano, o se proclama a favor del cristianismo, la heterodoxia de sus sujetos es notable. También lo es que tres de ellos (del total de seis) hayan sido, al igual que él, escritores. ¿Será atrevido decir que el autor se identifica con ellos, que se ve en ellos de alguna manera?
Mucho es posible conjeturar, porque este no es un libro que ofrezca respuestas. Sobre todo, la simpatía que inspiran estos iluminadosnos hará sospechar que somos, sin advertirlo, un tanto semejantes a ellos. Me he referido antes a Quintus Aucler, protagonista de la última crónica del libro. Sus creencias paganas, su convicción de que era necesario resucitar el culto a los dioses griegos, le parecerán a cualquiera francamente ingenuas (¿de verdad creía que iba a desplazar él solo al cristianismo?). Pero no son menos sublimes que las de cualquier otra religión. La pregunta que deberíamos hacernos, y que acaso Nerval se hizo, es si no son ingenuas todas las creencias, todas las formas de la fe —aun si no involucran a deidades—, en un tiempo en el que Dios mismo parece haber perdido la cabeza.
Una última nota, respecto a la veracidad de las historias de Los iluminados. Importa mucho para el historiador, y poco para nosotros, qué tanto del texto es “verdad” y qué otro tanto es invención. Spifame, Cazotte, Cagliostro nunca fueron tan reales como lo son en estas páginas. Del manantial de las historias humanas, Nerval extrajo lo que le servía y le dio una nueva forma, que acabó por reflejar sus propias obsesiones. Tocó el mundo y lo convirtió en algo más. Hizo, en fin, literatura.