Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Literatura


Luis Humberto Crosthwaite, El último show del Elegante Joan, Random House, Ciudad de México, 2024, 208 pp.


En El último show del Elegante Joan, del tijuanense Luis Humberto Crosthwaite, el narrador regresa a la palestra con un volumen de cuentos que exploran las obsesiones del autor: la música, el cine y, por supuesto, la literatura. Las páginas de este libro están impregnadas de referencias a la cultura pop mexicana, con epígrafes y citas que evocan canciones de la música vernácula nacional.

Hay un engarzamiento orgánico que enlaza los textos, en un ejercicio lúdico que retoma elementos de lo metaliterario para elucubrar y reflexionar sobre el quehacer narrativo. Los personajes parecen saltar de las páginas, pues, aunque ficticios, poseen dudas existenciales realistas sobre su lugar en el mundo. Al mismo tiempo, los relatos resultan inmersivos, sumergiendo al lector en el proceso creativo, tanto de ellos mismos como del propio autor, quien incluso aparece como personaje en uno de los textos, “Video”.

Este ejercicio lúdico y lleno de humor se hace evidente desde la primera página, donde los propios personajes publican un manifiesto en el que se quejan de los maltratos recibidos por Crosthwaite durante el proceso de escritura. El último show del Elegante Joan funciona como una suerte de manual para narradores: el lector avezado podrá encontrar pistas y recursos dramáticos diversos, casi como un catálogo de todas las posibilidades que alberga el cuento como género breve. Ya no se trata de una simple anécdota circular con un desenlace cerrado, sino de un texto abierto que solo se completa mediante la aportación del lector, con su bagaje vivencial y su imaginario cultural.

Por ello, este libro se inscribe perfectamente en el corpus temático de Luis Humberto Crosthwaite, quien, en obras como Idos de la mente. La increíble (y a veces triste) historia de Ramón y Cornelio, también incorpora el folklorismo norteño a sus ficciones; su asidero contextual es la cultura del regional fronterizo, con sus corridos, rancheras y modos de ser, todo apuntalado sobre la concepción chejoviana del cuento. El narrador lo confiesa sin empacho en el cuento titulado “Estás mojado, ya no te quiero” que lleva por subtítulo Cuento de Chejov, cover de Crosthwaite, una paráfrasis y reescritura basada en el relato “Repugnancia”(1887), del escritor ruso.

El cuento es, en esencia, un relato que encierra otro relato. Tradicionalmente, una historia interior, secreta, que, como señala Piglia en su Tesis sobre el cuento, no alude a un “sentido oculto que dependa de la interpretación”, sino que su misterio radica en la forma enigmática de contarse. Es decir, y he ahí la virtud del cuentista, en la argucia de narrar en dos niveles y con doble intención, lo superfluo y lo cifrado, que al cabo tienen que ser decodificados por el lector.

Cuando digo que Crosthwaite aborda la cuentística a partir de Chejov, me refiero a que deja de lado los finales sorpresivos, los nocauts cortazarianos y los cuentos cerrados o “redondeados” en favor de una estructura geométrica irregular, más abierta, sostenida en la tensión construida a lo largo del texto sin que este necesariamente llegue a una resolución. Bajo ese entendido, el cuento clásico es un círculo: narra una anécdota dejando entrever que se trata de otra historia. En cambio, el cuento moderno —del cual Anton Chejov fue gran maestro, un auténtico escritor de escritores— propugna que lo más importante no debe ser revelado, salvo que se entretejan ambas historias como si fueran una narración única. En apariencia de una sola hebra, la historia secreta se construye con subterfugios y malicia autoral, no tanto con lo que se dice, sino con lo que no se dice, echando mano de la insinuación, el sobreentendido y la alusión, donde el lector, con su interpretación, completa y expande aún más la obra. En otras palabras, la estrategia del escritor bien podría equipararse a la famosa metáfora de Hemingway, en la que la estructura del cuento se compara con un iceberg: el relato es lo que se ve sobre la superficie, pero el subtexto que lo mantiene a flote permanece oculto a la mirada.

Pero ese no es el único juego de Crosthwaite. El libro establece un constante duelo de ingenio con el lector a través de los argumentos y las tramas, los trucos semánticos, el diálogo intertextual con otras obras, las referencias populares y literarias, las letras de canciones y, por qué no, las viñetas e ilustraciones que aparecen dosificadas entre relatos. Estos recursos metalingüísticos no solo apelan al ingrediente visual —que los lectores atentos sabrán apreciar—, sino que también funcionan como pausas que enriquecen la experiencia de lectura.

Los cambios tipográficos a lo largo del texto también funcionan como un remanso para la mirada, no solo desde la abstracción intelectual propia de la literatura o del absurdo que impregna algunas páginas —como el cuento “Poesía Shaolin”,sino desde la diagramación y el diseño editorial que dan forma a este libro. Una obra que es, a la vez, deriva, experimentación formal y un arriesgado ejercicio metaficcional.

Esto no es un detalle menor, sobre todo en tiempos donde la autoficción predomina en buena parte de la narrativa mexicana contemporánea, a menudo saturada de obras que explotan la cotidianidad y los dramas personales. En contraste, aquí se apuesta por una literatura donde el lenguaje y la estructura son el eje rector de la colección. El libro describe sus propios avatares, al igual que sus personajes, quienes encarnan tipos y tópicos que habitan en el universo literario, recluidos —y sin escapatoria— en el desencanto de las plegarias no atendidas.

Crosthwaite se vale de los sinsabores en el destino manifiesto de sus personajes para regodearse en su auge y caída, al tiempo que retrata sus aspiraciones de gloria, fama y fortuna. Un ejemplo de ello es el cuento que da nombre al libro, donde un imitador del fallecido cantante Joan Sebastian, en medio de su patetismo, entona una nota de ternura al aferrarse a sus ilusiones de éxito en el mundo de la música. Este texto me recordó al capítulo “Cuatro muertes hay en la vida”, contenido en Idos de la mente, en el que la soledad y la pérdida se agazapan en la penumbra de la anécdota.

Así son la mayoría de los cuentos de El último show del Elegante Joan: hacia el final, el volumen tiende a cerrarse de manera anticlimática, con un personaje que desafía al escritor a continuar la obra y finalizarla sin su participación, como ocurre en el extenso relato “Novela”. En conjunto, este libro es una pieza de orfebrería narrativa que, en realidad, no concluye, sino que sugiere formar parte de un proyecto de escritura aún más amplio.

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