Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Literatura


Semezdin Mehmedinović, Diarios del olvido, Editorial Deleste, Barcelona, 2024, 272 pp.


Algunos títulos funcionan como reclamo publicitario. Otros tratan de sugerir una ambivalencia o provocar la duda en el lector. También los hay misteriosos, ininteligibles, y, por supuesto, los títulos-nombre. Hay tantos como libros. El de Semezdin Mehmedinović pertenece a ese otro género que aquí, en una denominación imprecisa, llamaré títulos-compendio o títulos-resumen. Pienso en novelas como La muerte de Iván Illich o Relato de un náufrago, pero también en Crimen y castigo o La isla del tesoro. Leído a través de este prisma, Diarios del olvido lanza, ya desde la cubierta, una propuesta clara. Aquel librero que, sin haberlo leído, deba colocarlo en los estantes de su librería, lo tendrá meridianamente claro: ¿género? Diario. ¿Tema? El olvido.

La pregunta que me asalta es: ¿tenemos razones para censurar la decisión del librero? O, en otras palabras, ¿es este libro un diario? ¿Qué significa que trate sobre el olvido? Comienzo esta reseña con un análisis del título porque encierra una contradicción palmaria. En primer lugar, por la boutade de que publicar un diario siempre comporta una tarea de edición que necesariamente insufla un carácter ficcional o estetizante al más imparcial de los dietarios. En segundo lugar, porque el olvido es un tema esquivo, “algo que no se puede medir. Lo olvidado es inaccesible porque es invisible, ya ha quedado envuelto en ‘la oscuridad del olvido’ ”. Escribir sobre la experiencia del olvido es, entonces, hacerlo sobre una negación, la de la memoria. Es hacerlo sobre una ausencia, sobre aquello que fue y ya no es. Este libro es un ejercicio dialéctico de arqueología de la memoria, un viaje a la Atlántida en busca de los personajes que aún la habitan.

Dadas estas dificultades, Mehmedinović opta por abordar la cuestión desde tres aproximaciones distintas, que se corresponden con cada una de las partes estructurales del libro y que le permiten explorar la cuestión desde: 1) la propia experiencia de la pérdida (Mehmed sufre un infarto y la medicación que le administran puede afectar la memoria); 2) la construcción relacional de la memoria y el olvido (a través de un viaje en coche que emprenden padre e hijo); y 3) la perspectiva del otro (Sanja, la mujer de Mehmedinović, sufre una embolia cerebral que le produce la pérdida de la memoria a corto plazo).

Me’med, la primera parte, narra en primera persona el ataque al corazón que sufrió el autor y que estuvo a punto de costarle la vida a la edad de cincuenta años. Una experiencia límite que supondrá un cambio de sensibilidad y de actitud. Este no es un tema nuevo: se ha tratado en la alta y baja literatura, en el cine, en series y hasta en viñetas. Pero el libro de Mehmedinović no es (solo) una exaltación romántica de la vida, una nueva formulación del omnipresente carpe diem. Algo de eso hay, por supuesto (por mucho que todo poeta aspire a la originalidad, por mucho que el individuo se esfuerce en destacarse como único, lo cierto es que cuando estás al borde de la muerte, algo cambia: uno se replantea muchas cosas). Sin embargo, lejos de embarcarse en una carrera desenfrenada por vivir con intensidad, el autor de Diarios del olvido elige otros caminos más sutiles. Si la vieja máxima de “vivir el momento” aboga por una mirada hacia el futuro, por aquello que está por venir, sin echar la vista atrás, Mehmed opta por el camino inverso: una exploración hacia el pasado, en forma de diario “con la idea de averiguar hasta dónde llegaba mi olvido”. Si a esta experiencia próxima a la muerte le sumamos los efectos secundarios de una medicación que puede causar pérdida de memoria, la indagación se vuelve doblemente apremiante. En este ejercicio, Mehmed revisitará el sitio de Sarajevo, su infancia, su eterna condición de extranjero en unos Estados Unidos donde nunca termina de encajar, los lugares que tiempo atrás consideró su hogar, sus relaciones familiares, la guerra, el lenguaje. Explorar el olvido es entender la vida en su totalidad: nada escapa a la posibilidad de ser envuelto por su velo y, a la vez, nada puede ser forzado por la voluntad. Recordar es un intento de regresar a un lugar que ya no existe, desde un presente que inevitablemente se impone.

Mehmed logra plasmar esta idea con toda su poética cuando decide volver, junto a su hijo Harun, al edificio en el que vivieron años atrás: “Tengo la convicción de que uno jamás abandona por completo los espacios donde ha vivido. Me gusta pensar que queda algún rastro de nosotros, algo de nuestra presencia que perdura, como en los espejos de un hotel permanecen los rostros de todos aquellos que han pasado por cada habitación. Sin embargo, no es así. Recordamos los lugares que hemos habitado, pero ellos no se acuerdan de nosotros”. La escena en su conjunto evoca la antigua sentencia heraclitiana: no podemos bañarnos dos veces en el mismo río. En el sentido contrario, olvidar como un acto de voluntad exige la cuadratura del círculo, hacer desaparecer un elefante en la cacharrería. Los recuerdos más penosos de la guerra, el sitio de Sarajevo, el maltrato, la humillación, la huida. Si hay algo que uno quiera relegar al pasado, es precisamente aquello que se resiste al olvido.

Si la primera parte explora el olvido desde la propia experiencia, “La bandana roja”, la segunda lo hará desde la idea de que tanto el recuerdo como el olvido pueden construirse en términos de relación. En estas páginas, el libro se convierte en un viaje, en una road movie protagonizada por padre e hijo (tanto en el plano simbólico como en el material) hacia los lugares compartidos de la memoria. O, más explícitamente, hacia ese lugar difuso que es un recuerdo compartido. El viaje en coche se convierte en el relato de una relación cariñosa, pero a la vez distante.

Mehmed creció en Yugoslavia, y es desde ahí que construye su experiencia de los Estados Unidos. Harun llegó al país en esa edad en la que todavía podía asimilar las reglas del juego, aprender la lengua, pensar el mundo en inglés. Todavía no tenía historia, no había empezado a contarse un relato propio. Mehmed, en sus propios términos, es esclavo de su lengua: “¿Hablamos lenguas distintas?”, se pregunta, haciendo patente esa dolorosa distancia que los separa.

La segunda parte la conforman, en distinta proporción, entradas en primera persona, y otras que pertenecen a una carta (o una confesión) a su hijo Harun. En ellas, Mehmedinović trata de encontrar ese punto de encuentro que le permite escapar de la soledad paternofilial, el nexo de dos mundos distintos y siempre en construcción: “¿Qué estoy haciendo? Te describo sucesos que has presenciado tú mismo, en este viaje y en el pasado remoto. Pero está bien así. No tiene nada de malo describir a otra persona lo que es capaz de ver por sí misma. […]. Yo lo hago porque me interesan sobre todo los hechos que ambos hemos presenciado. Las imágenes de nuestro recuerdo en común. He venido para comparar esos recuerdos. Para saber algo de mi olvido. ¿Y he averiguado algo? La verdad es que no”.

Especial atención merecen, en esta segunda parte, las reflexiones acerca del arte de capturar el momento en una imagen. Harun es fotógrafo, y la fotografía (así como el dibujo, que complementa narrativamente las páginas del libro) cobrará una importancia capital en esta exploración de la memoria y el olvido.

La tercera parte, “El copo de nieve”, es, con diferencia, la más extensa del libro. Es también, quizás, la más dolorosa, la que más nos remueve. Sanja, la esposa del autor, sufre una embolia cerebral que le hará perder la memoria a corto plazo. Sorprende la habilidad de Mehmedinović para describir unas escenas precisas, que transportan al lector a un hospital, a una sala de espera, que le hacen sentir esa angustia previa a la conversación con un médico. A lo largo de toda la obra, pero especialmente en esta tercera parte, el autor consigue captar lo universal de ese momento a través de la particularidad de la experiencia subjetiva.

A las escenas del hospital le siguen unos meses de convalecencia en que Sanja y el autor conviven, de forma cualitativamente distinta, con el olvido. Reconstruir la identidad —la propia y la compartida—, los recuerdos, el amor y las relaciones se convierte en un desafío constante. “¿Cuáles de nuestros conocidos han muerto?”, le pregunta insistentemente a su marido. Y cada vez, el olvido le obliga a revivir una experiencia tan dolorosa como la primera.

Es en esta tercera parte donde me encuentro con un conflicto del que no puedo escapar. En realidad, es un dilema con el que la crítica debe convivir cuando se enfrenta a un diario como objeto literario. La lectura de Diarios del olvido me ha sorprendido en ocasiones por la ingenuidad del narrador, ingenuidad que no sé a quién atribuir, si al autor o al personaje. Para muestra, un botón: “En los últimos doce días me he dado cuenta de que la gente ya no se llama por teléfono ni habla cara a cara, sino que se comunican enviándose mensajes por el móvil”. Puedo pasar por alto —faltaría más— una observación tan banal presentada con dejes de profundidad si se tratara de un personaje cuya construcción exige cierto grado de ingenuidad. Pero me cuesta conciliar esta idea con la de un autor tan observador, tan pulido en los detalles, con la capacidad de captar lo particular del momento.

Mehmedinović es un gran narrador, capaz de revestir con una poética fina y delicada todo lo que toca, pero estos destellos naifs me han sorprendido. Supongo que lo hacen más humano y nos recuerdan que la perfección es, como el olvido, del todo inasible.

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