Revista de Crítica ISSN 2954-4904
Literatura


Luis Vicente de Aguinaga, Desviación vertical disociada, Universidad Autónoma de Zacatecas, Zacatecas, 2022, 81 pp.


Desviación vertical disociada, del poeta y ensayista mexicano Luis Vicente de Aguinaga, fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde en 2021. El jurado lo destacó como un ejemplo de poesía madura, que evidencia la solidez del oficio sin renunciar al juego con el lenguaje coloquial. Muchos creadores han servido como fuente de inspiración al poeta, desde influencias musicales como Bruce Springsteen o Arturo Meza, hasta escritores como Jorge Luis Borges, Edgar Allan Poe, José Agustín, Marcel Schwob, Roberto Juarroz o Luis Cernuda. A lo largo de su obra, es posible identificar ciertas preocupaciones recurrentes: la búsqueda de una poesía nítida, la multiplicidad, la hibridez, el uso de preguntas y reflexiones cuidadosamente construidas, así como la exploración del vínculo entre las partes y el todo, un motivo presente desde El agua circular, el fuego (1995).

Su interés por una poética del espacio es palpable desde Piedras hundidas en la piedra (1992), donde transita por los espacios como por la palabra, con una conciencia constante de su presencia en ellos, algo que también se percibe en los poemas de Por una vez contra el Otoño (2004). Junto a las analogías corporales, su obra explora la importancia de la identidad ligada a la palabra, al nombre como punto de reflexión y la duda constante sobre el lugar que ocupa todo lo que existe, un tema central en Fractura expuesta (2008). En Reducido a Polvo (2004) se manifiesta su constante apreciación del tiempo y sus cavilaciones en torno a él y al lenguaje. En ese sentido, su capacidad de observación, el cuestionamiento como forma de experiencia vital y la duda como vehículo para transitar el mundo y la poesía, son elementos recurrentes en La cercanía (2000). Todos estos temas atraviesan su obra de tal manera que Baudelio Lara, compañero en su travesía poética, ha descrito a Luis Vicente como “un poeta perplejo de su propia perplejidad”.

Ya en Qué fue de mí (2017), el poemario que precede a Desviación…, se consolidan algunas de las obsesiones centrales del autor. Este libro revela una búsqueda del lugar del poeta en el mundo desde diferentes perspectivas. Sus puntos de exploración se dividen en su identidad como individuo —en un sentido tanto espiritual como corporal—, como padre, amigo, esposo o viajero. El poemario oscila entre diferentes temporalidades para indagar en lo que es y lo que fue, planteando una preocupación particular por el tiempo, su sentido y su significado. Asimismo, el cielo y el mundo exterior tienen una presencia constante a lo largo del libro, reforzando la intención de observación de la voz poética, no solo como un ejercicio continuo, sino también como una experiencia palpable. El cielo, en este contexto, funciona como un reflejo macro de los pequeños acontecimientos que conforman la vida humana ordinaria. Así, el poemario se convierte en un pretexto para reflexionar sobre lo otro (lo humano, lo pequeño), y, a su vez, establecer un diálogo inverso.

Por otro lado, en Desviación… se retoman las temáticas abordadas en el poemario anterior, pero con varios giros de intención y estructura. En este libro, la voz poética se centra en la fugacidad. Las distintas trincheras del poeta reaparecen en sus páginas para dilucidar el papel del individuo ante la sociedad, mientras se construye una postura frente a diversos sistemas establecidos. Si consideramos la voz de ambos libros como una continuación, en el presente esa voz trasciende la mera búsqueda de un lugar en el mundo. Ahora, se enfrenta al análisis de la existencia desde múltiples perspectivas y dirige su búsqueda hacia la funcionalidad. Se trata, entonces, de un esfuerzo casi científico por examinar al yo bajo un microscopio. A estas reflexiones se suman la importancia del conocimiento, la consciencia del lenguaje y del yo (de manera recíproca), la concepción de las cosas como contenedores de fragmentos de la experiencia y la identidad humana, así como la percepción de las partes (mitades) opuestas no como enemigos irreconciliables, sino como complementos.

Las herramientas del poeta son variadas, pero hay algunas que otorgan una fuerza peculiar a la obra. A lo largo del poemario, encontramos recursos estilísticos y lingüísticos que hacen ameno y dinámico el trayecto. Destaca la repetición de juegos semánticos que generan una doble significación, clave para la interpretación de ciertos elementos. También son constantes el humor, la ironía y la erudición, esta última con un juicio de valor a su favor. Todo esto se articula en versos narrados desde la voz poética o la figura de los hijos. El libro inicia con dos epígrafes iluminadores: el estribillo de la canción “Crosseyed cat”, de Muddy Waters, y versos del poema “De la ciudad que habito”, de Verónica Zondek, lo que sugiere ya la importancia de la perspectiva bizca, pues Desviación vertical disociada es el nombre médico para lo que coloquialmente se conoce como “ser bizco”. La música y la memoria son fundamentales en este poemario, al igual que el subconsciente y su papel en la interpretación de los sueños. En la sección “Siete días”, compuesta por seis apuntes en prosa y uno en verso, el poeta analiza su lugar en el tiempo, la memoria y el espacio. Sobre la originalidad, plantea la sospecha de su imposibilidad, dado que la música y otras influencias externas la condicionan: “No lo escribas. Piénsalo / dos veces. / Ya está en una canción”. La voz poética se atormenta con la impronta de la música en el individuo y en el tiempo, evocando el proverbio bíblico de Eclesiastés: “No hay nada nuevo bajo el sol”. En esta segunda etapa del poemario, los objetos reaparecen como testigos del vivir, incluso como desechos que absorben vida y experiencias. La basura, en este sentido, se convierte en una metáfora de la espera ante la expiración.

En el quinto fragmento de esta sección, se contrastan lo micro y lo macro, como en el poemario anterior. Aquí, el pueblo es un sujeto individual encapsulado por la modernidad (representada por la ciudad), cuyo avance es desmedido, sin descanso ni final. La expansión territorial se concibe como explosión, utilizando la metáfora de llamar esquirlas a los parques industriales. Además, el poeta introduce el humor al cuestionar: “¿quién habrá sido el degenerado que decidió llamarles parques?”. En el penúltimo fragmento, la voz poética evoca la labor de López Velarde, aludiendo a que todo existe en función de los acontecimientos. Reflexiona sobre los animales y su historia en la sensibilidad, buscando conexiones dentro de un “tejido de sucesos, de movimientos, de actos”. El cierre del poemario es compacto y poderoso: una meditación sobre la sensibilidad, permeabilidad y tangibilidad humana. Se concibe al ser humano, en particular al poeta, como alguien que puede ser sentido/tocado/alcanzado/atravesado por lo intangible: “No toco el aire, pero el aire me toca. No toco la luz, pero la luz me toca. No toco el tiempo, pero el tiempo me toca”.

En la sección titulada “Completamente normal” se manifiesta el desarrollo del yo frente al tiempo, los otros y el consumo. A lo largo de estos poemas, la voz poética reafirma su oposición a la normalización, la estandarización y la homogeneización, cuestionando la idea de normalidad como regla fundamental. El poema “Oración de año nuevo” aborda la arbitrariedad del cambio temporal, explorando la depresión, la búsqueda de reparación y el movimiento, a pesar de una condición considerada desfavorable. Lo hace desde el imperativo: “Zúrcete, sábana raída”, proponiendo que lo desechado puede ser útil, reutilizable. También exige a su destinatario formar parte de un todo, sembrando la idea de que el desgaste personal es compartido: “Súmale voces al estruendo, / polvo al polvo, / arrugas a tu cara y a mi cara”.

Dentro de esta confrontación, en el poema “Historia” se recurre a un juego semántico de doble significación que refuerza su idea central: “Ninguna historia, si es / historia, es / de amor […]”. Aquí, la historia se entiende tanto como lo que se cuenta como lo que ya ha ocurrido, lo que ya no es. La voz poética define al tiempo como la verdadera materia de la existencia y destaca su capacidad de diluirse en sí mismo. Además, retoma el papel de los objetos como protagonistas, argumentando que las historias no pertenecen a nadie: “sino de cosas que / se pierden, se oscurecen”.

“La primera mañana”, sección inicial del poemario, consta de nueve poemas en verso, número que se repite en las demás secciones. Este despertar representa el inicio de la duda, una primera mirada al mundo reflexivo y a los temas que conectarán el resto de la obra. Se plantea la relación entre el tiempo y la nostalgia —ya presente en Qué fue de mí—, así como la percepción de los espacios y las cosas como repositorios temporales de la identidad a través del contacto humano. Se nos invita  a ver el tiempo como catalizador de la percepción y a cuestionar la propia percepción sensorial, la idea de propiedad y la esencia de las cosas: “Me sigo preguntando, ya de noche, / si eran dedos los dedos y eran míos”. También se introduce la consideración del conocimiento en el poema “Esto sé”, donde la voz poética sugiere evaluar desde nuevas perspectivas lo que se conoce del diablo, marcando una postura en contra de la superficialidad y los juicios preestablecidos: “Le duele que la gente / confunda el mal con la maldad”.

            “Autorretrato con partículas indefinidas” es otra sección que explora el yo como una composición divisible, no fija ni permanente, hecha de retazos. Aquí, la atención se centra en la corporalidad y la paternidad, con una búsqueda de entendimiento sobre cómo funcionan las divisiones de lo existente y su apreciación desde nuevas perspectivas. El poema “Apenas esto” ilustra esta reflexión a través del ser sin poseer, del verse a sí mismo como algo desplazado. Se apoya en un epígrafe de Alda Merini: “Yo quería estar desnudo / ser tan sólo un alma”, transformándolo en una meditación sobre el cuerpo y su pertenencia: “Yo quería estar desnudo: ser / apenas este cuerpo, el mío / y luego no ser mío, / que yo tuviera que subir / hasta mis ojos para verme”. Aquí no se impone conocimiento, sino que se observa desde un autoconocimiento que parte del desconocimiento, transitando un camino que lleva a más preguntas.

“Desviación vertical disociada”, poema que da título a la obra, refuerza la representación del ser humano como un ente dividido. Profundiza en la significación de la perspectiva y en la idea de que existen lados distintos, mas no separados. A través de esta condición, el poeta postula la capacidad de percibir la división del mundo en sus partes constitutivas, usando la imagen de un jarrón visto en mitades: “como la flor a la derecha / y el jarrón a la izquierda, / separados”. Esta reflexión no solo se aplica al mundo, sino a la voz poética: “No he sido bizco siempre / ni, ahora que lo soy, / lo soy a todas horas”. Las divagaciones se presentan como una experiencia personal pero compartida entre sus partes: “que, al mirar a la izquierda, el ojo / derecho se perdía en divagaciones, / extraviado a la orilla de su órbita”. A lo largo del poema, se reafirma la idea de mitades divididas, pero no separadas de forma permanente. Se propone así la aceptación de las divisiones como parte de la existencia, junto con la noción de que nadie es permanentemente lo que es.

En cuanto a la paternidad, el libro presenta encuentros directos entre el padre y sus hijos. La convivencia se plasma en estampas que muestran el contraste entre el niño, concebido como un individuo unido, y el adulto, dividido por las vicisitudes del tiempo. En “El padre es un animal doméstico que se alimenta de sobras” todo está en medias partes: el padre mismo es solo una fracción del todo. También se destaca la belleza del cielo como un elemento que escapa a la interpretación consumista, expresado con humor: “pero ningún color del cielo / se vende por separado en frascos de pintura”. El poema concluye con la idea de que la suspensión del tiempo puede contrarrestar la fugacidad. Aquí, el momento se convierte en una herramienta de expansión temporal: “La palabra momentáneamente / dura / mucho más / que un / momento”.

Los versos de “Un edificio habitado por extraños” presentan las conclusiones del yo sobre sus partes, roles, comunidades, cuerpo, espacios y amores. La voz poética invita a entrar en ese edificio extraño para conocer al mundo, al otro y a uno mismo. Se impulsa la idea de ser para lo propio, para las partes intrínsecas del yo, y no solo para los demás. Se abraza la multiplicidad del yo y se plantea la innovación como vía hacia la autenticidad a través de la renovación: “nada es más nuevo que lo mismo”. En sus reflexiones sobre el yo en grupo, el cabello aparece como símbolo de la individualidad dentro de lo colectivo, incentivando la consciencia, la memoria y la creación de preguntas.

Para preservar la cohesión de la obra, se entrelazan la memoria de las cosas, la corporalidad y los objetos y espacios como contenedores de pedazos de la experiencia y la identidad humana. Sin embargo, en este punto, el poeta matiza esta unión al percibir las palabras entidades en sí mismas, planteando la pregunta: “Qué importa si no estoy en mis palabras”. Respecto a la consciencia del lenguaje, se prolonga la reflexión sobre el privilegio del poeta, quien, a través de la poesía, conceptualiza el mundo y el dolor.

 Desviación vertical disociada se alimenta de la vida, del tiempo, del ejercicio poético, de la reflexión ante el conocimiento y de la existencia misma. Su complejidad explícita invita a navegar sus páginas en búsqueda de preguntas y respuestas, celebrando la multiplicidad desde un carácter experimental. Esta complejidad recuerda la apreciación de Borges sobre el arte: transformar lo que nos ocurre continuamente en algo que pueda perdurar en la memoria de los hombres. Así, Luis Vicente Aguinaga convierte los elementos de su vida cotidiana en un viaje poético e inquisitivo, cuyo significado dependerá del tiempo y el lector que lo experimente. A fin de cuentas, el poemario existe como consecuencia de la consciencia poética del autor en su papel de poeta explorador, testigo de su propia existencia y también de la ajena.

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