Revista de Crítica ISSN 2954-4904

Una oscura rendija

Posted by Héctor M. Magaña in 59. Julio-Septiembre 2026

Se cree erróneamente que la posmodernidad trajo la destrucción de las relaciones interpersonales duraderas. La liviandad de los amores y los amantes pasajeros son cosa, según nos dicen, de tiempos líquidos y posmodernos. Una lectura al Hyakunin Isshu, que recopiló Fijiwara no Teika (1162-1241), nos puede ayudar a refutar esa imagen. Un poema de Izumi Shikibu ilumina:

Solo quisiera,

de este mundo que dejo,

en la otra vida,

un único recuerdo:

el de un último encuentro.

El mundo es pasajero; la memoria perdura (al igual que los amores de esta poeta de la corte arcaica del Japón medieval). Ahora, en el siglo XXI, estos viejos tópicos se repiten en Los amantes de la noche. La novela ahonda en una soledad moderna: la de una correctora de estilo que ha renunciado a la complejidad de las emociones que nos despiertan los demás; su único contacto consiste en su editora, una mujer voluntariosa y vivaracha que se acerca a la protagonista. No obstante, un encuentro fortuito con un curioso profesor de física le sacudirá los pilares que sostienen su anodino mundo. La novela de la autora japonesa Mieko Kawakami pertenece a esa nueva generación de producciones literarias que buscan reflejar la complejidad del mundo interior en una trama en la que las amenazas y los miedos se esconden en los detalles de una cotidianidad sigilosa.

La novela de Kawakami comparte los tópicos de los poetas de la era Teika: la soledad, el cautiverio doméstico y la espera de los amores o de los eventos de la vida. Las poetas de las cortes Heian debían esperar pacientemente a que la vida se presentara en el palacio, en lugar de salir por ella. La protagonista de Kawakami, si bien no está en el cautiverio del matrimonio feudal, sí lo está del mundo. Sin resistencia, el mundo la ha rechazado y ella se ha perdido: “En cuanto empezaba a darle vueltas, acababa perdiendo de vista lo que quería y volvía al punto de partida, incapaz de actuar. Y con respecto a no tener otro lugar adonde ir ni tener ninguna ilusión en la vida, pues es posible que tuviera razón”. Fuyuko Irie se ha dejado arrastrar por el trabajo y su existencia ha sido reducida y, a la vez, elogiada por esa misma razón: “Y lo que importa es la manera en que tomas el trabajo en tu vida diaria, qué respeto te merece, cuánto esfuerzo le estás dedicando”.

El mundo laboral retratado por Kawakami no es muy diferente del que vemos en la corte: lleno de tramas, susurros y conspiraciones: “Y, en cuanto aparece otro espécimen que podría amenazar mínimamente su posición (una chica joven, por ejemplo), van y la machacan”. Ante eso, y de forma silenciosa, Irie ha tomado una distancia que, lejos de salvaguardarla, la deteriora y degenera: “Producía una sensación patética. Ni desgraciada ni miserable. Patética era la palabra justa”. Una soledad que ya no puede aspirar al ideal, sino al agrio sentimiento de desarraigo. Lejos y cerca de Fujiwara no Shunzei:

No hay manera

de salir de este mundo.

Si me refugio

en lo hondo del monte,

brama el ciervo y lo escucho.

Lejos de ciervos y montes, el Japón actual no puede huir de las ajetreadas calles de Shinjuku. A diferencia de los escritores malditos y de un Hemingway temerario, Irie recurre al alcohol para entregarse a la somnolencia y a una forma de existencia más soporífera. La existencia de Mitsutsuka, un profesor de física, provoca en la autora una dependencia más fuerte del alcohol.Entre conversaciones que acaban sin completar frases o preguntas y entre silencios, Irie encuentra un posible interés mutuo entre el profesor y ella: “La luz es un misterio, ¿verdad? No sabemos en qué consiste. A veces creemos que sí, pero, al final, no acabamos de conocerla bien. Desde pequeño he pensado que era algo extraño, misterioso… Y eso me llevó a estudiar Física”.

Las conversaciones con Mitsutsuka despiertan algo en ella más allá del interés amoroso. La confrontan con su única amiga (y editora), Hijiri, una mujer que ha despertado en Irie la fascinación de quien no comparte la misma visión sobre la vida, ni siquiera el mismo mundo. A diferencia de otras muchas obras, las relaciones físicas y sexuales en las novelas de Kawakami brillan por su ausencia o por su dificultad e imposibilidad de ser efectivas. Si bien Lord Byron, con su Don Juan, escandalizó a su sociedad al mostrar que el deseo existe en las mujeres, en Kawakami sorprende que la relación entre personas del sexo opuesto pueda ser tan estrecha aun con la ausencia de encuentros físicos (los personajes ni siquiera viven juntos: su relación es, ante todo, una espera). Aunque, quizás, no debería sorprender. Poetas del Hyakunin Isshu, como el monje Shun’e, nos dan una muy viva estampa no solo de los amores frustrados, sino de las esperas inútiles:

La noche entera

entregada a mis cuitas,

y entre mis puertas

—cruel, despiadada, fría—

una oscura rendija.

¿Cómo no notar la similitud de esos versos con el siguiente pasaje?: “El tiempo fluía sin un sonido y el pequeño retazo del cielo que veía por la ventana iba mudando de color sin cesar. A medida que lo contemplaba, inmóvil, el azul del crepúsculo, que no sabía de dónde venía, cada vez me costaba más distinguirlo del amanecer y, a veces, ni siquiera sabía en qué parte del día me encontraba”. El mundo de Irie se reduce a una oscura rendija en un ambiguo crepúsculo.

Es bien sabido que en el mundo de la literatura japonesa la soledad de la mujer no es nada nuevo: desde Murasaki Shikibu hasta Sei Shōnagon, y pasando por Banana Yoshimoto hasta Hiromi Kawakami, la soledad de la mujer que escribe es una constante fundacional de las letras japonesas. Esto es algo que escapa por completo a las sociedades europeo-americanas, donde la soledad suele retratarse como un fenómeno masculino: desde las novelas de Pío Baroja y el ideal romántico de Goethe, hasta Joris-Karl Huysmans y Houellebecq. La soledad en Europa y América siempre ha reconocido a personajes masculinos. Si bien es cierto que Europa cuenta con una gran tradición que evoca la soledad femenina, tenemos que recordar que en Japón la literatura descansó sobre todo en las manos de las mujeres de la corte Heian. Sin embargo, Mieko Kawakami introduce una brillante contribución al dejar ver en su protagonista las luchas internas de una mujer que pelea por la mirada del Otro, en una sociedad que da peso a la expectativa social más dura, y al interior de lo subjetivo. A diferencia de contemporáneas suyas, como Banana Yoshimoto, Hiromi Kawakami o Yoko Ogawa, las novelas de Kawakami no se centran exclusivamente en la introspección, sino que retrata la complejidad de las relaciones humanas en el Japón del 2025.

En el Japón actual, ¿cómo puede sobrevivir la individualidad en una sociedad donde el trabajo, la apariencia, las relaciones sociales y el estatus lo son todo? Kawakami huye de la moralina huera. No hay respuesta ni salida en su protagonista (“Tenía tanto miedo de que me hicieran daño que nunca había hecho nada. Tenía tanto miedo a fracasar, de que me hirieran, que jamás había elegido nada, que nunca había hecho nada”), pero somos testigos de esa lucha silenciosa; una batalla que se da entre los sueños errabundos de esta tokiota.

15 Ago 2026 No Comments

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